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Nos narra el Segundo Libro de Samuel, que después de vencer a todos sus enemigos y unificar a todas las tribus de Israel, los ancianos y líderes de Israel se reunieron en torno a David, en reconocimiento de su realeza.

En su Carta a los Colosenses, nos dice San Pablo que toda la Creación, tanto cielos como tierra, se rinden ante Jesucristo que, por su sangre, ha otorgado la salvación a la humanidad entera.

San Lucas nos presenta, en esta celebración de Jesucristo Rey del Universo, a Cristo en la Cruz, pero como el Señor del Paraíso.

Cada vez que en el Evangelio de San Juan se habla de la muerte de Jesucristo en la Cruz, se refiere a ella como “la Hora de su Gloria”.  A través de la Cruz, Cristo demuestra cuán grande es el amor de Dios para con la humanidad: un Padre que da a su Hijo para nuestra salvación, un Hijo que muere para que todos nosotros seamos salvados, un Espíritu Santo que sale del corazón muerto del Hijo para darse a la Iglesia.  La Cruz de Cristo es la “Hora de su Gloria”, porque a través de esa Cruz, todos somos salvados y reconciliados con el Padre.  La Cruz de Cristo es “la Hora de su Gloria”, porque para salir triunfador del pecado y la muerte, Cristo tuvo que morir primero.  Las lecturas de hoy, en clave de San Lucas, nos presentan a un Jesucristo Rey que se gana su Corona precisamente por haber muerto por nosotros.

David tuvo que enfrentarse a una serie de enemigos. Se enfrenta y vence a Goliat con astucia y con su fe puesta en Dios. Vence al rey Saúl, no precisamente con violencia, sino con la paz, con el respeto y reverencia que le debe al Rey, por ser el ungido del Señor. Vence a todos los enemigos del pueblo de Israel con arrojo y valentía y, una vez más, con su fe puesta en Dios. Por haberse enfrentado a sus enemigos y vencerlos, todo Israel lo reconoce como el Rey que une a las Doce Tribus.

¿Qué Cristo en la Cruz nos presenta San Lucas? Nos presenta a un Jesucristo que, a pesar de ser inocente y no tener pecado, da su vida por todos nosotros que somos pecadores. Esto lo reconoce “Dimas” el Buen Ladrón y por eso lo reconoce como Rey y Señor. Por haber hecho esta confesión, Cristo se manifiesta entonces como Rey y Señor, que acoge a este pecador arrepentido. Esto mismo es lo que nos dice San Pablo en su cántico a los Colosenses, que Jesucristo, “por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”. Ese Jesucristo, imagen del Padre, que junto al Padre ha creado el Universo entero, no tuvo peros para morir por esa misma creación suya.

¿Cuál es entonces nuestra actitud para con Jesucristo? ¿De verdad es nuestro Rey? ¿Lo confesamos como tal frente a todo el mundo? ¿Tenemos la “babilla” que tuvo el Buen Ladrón y lo confesamos como nuestro Dios frente a un populacho que se burlaba de Él? ¿Qué hacemos nosotros ante la gente que se burla de Dios, que rechaza a Dios, que desprecia a su Iglesia? Recordemos una cosa: en la medida en que reconozcamos a Jesucristo como Rey frente al mundo, Él nos reconocerá frente al Padre.

P.  Rafael Méndez Hernández, Ph.D. (Padre Felo)

Para El Visitante

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