El doctor de la Ley no pregunta por deber, sino para justificarse. Su pregunta encierra una lógica
de exclusión: “¿Quién merece mi ayuda? ¿A quién debo amar?”. Jesús, como siempre, descoloca
esa lógica. No responde con definiciones, sino con una historia.
El prójimo no es simplemente quien vive cerca o quien piensa como yo. El prójimo es aquel
que necesita de mi compasión, aunque piense distinto, aunque venga de un pueblo considerado
enemigo, como el samaritano lo era para los judíos.
En un mundo tan polarizado, donde el juicio se lanza más rápido que la ayuda, Jesús nos dice: el
prójimo no se busca, se hace. Se decide ser prójimo. La esperanza nace cuando dejamos de
esperar que el mundo cambie, y comenzamos a actuar como instrumentos de cambio, como
puentes de reconciliación.
En la parábola vemos tres miradas: la del sacerdote, la del levita y la del samaritano. Los dos
primeros “ven” al herido, pero pasan de largo. Quizás tenían prisa, temor a contaminarse, o
simplemente habían perdido la capacidad de ver al otro como hermano. La indiferencia es uno
de los peores males de nuestro tiempo.
El samaritano, en cambio, ve y se conmueve. Esa es la mirada de Dios: una mirada que se
detiene se acerca y cura. La mirada de la esperanza no es ciega ni ingenua: es una mirada que
se compromete con la realidad herida del mundo. No basta mirar con compasión: hay que
actuar con misericordia.
En este Jubileo de la Esperanza, se nos invita a vivir una fe que no se encierra en los templos ni
se contenta con discursos bonitos, sino que se hace carne en los caminos polvorientos de la
vida. El Buen Samaritano no pregunta si el herido es creyente, si lo merece o si es de su grupo.
Simplemente lo ayuda.
Jesús no concluye con una teoría, sino con una orden: “Ve y haz tú lo mismo”. En esta frase
está todo el espíritu del Jubileo: esperanza activa, fe encarnada, caridad que se pone en
camino

El prójimo
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