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Vemos en la primera lectura del Libro del Sirácida, que Dios se declara como el Dios que no se alinea con el rico, sino que está el lado del pobre.

En la segunda lectura de la segunda Carta a Timoteo, vemos a un anciano San Pablo frente a la muerte, que, en vez de tener miedo, se siente satisfecho porque ha cumplido con su misión.

Esta parábola del Evangelio de San Lucas es una de las parábolas menos conocidas, quizás porque dice una verdad que no gusta mucho y es que Dios se pone del lado del humilde de corazón.

Tomando el Evangelio de San Lucas, desde los mismos comienzos del Evangelio, vemos a Jesucristo ponerse del lado del pobre y del necesitado.  Cuando llega a la Sinagoga de Nazaret a comienzos de su ministerio, Jesucristo desenrolla en libro del Profeta Isaías para leer: “El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido.  Me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los Pobres…” ¨. Es más, leemos en el Evangelio de San Lucas que Dios escogió que su Hijo naciera en las circunstancias más pobres.  

Esto nos debe llevar a dos actitudes:  si somos pobres, nos debemos de identificar con Cristo que nació pobre y humilde. Ser pobre no debe ser para nosotros motivo de vergüenza ni de sentirnos menos que nadie.  El pobre tiene la sensibilidad de sentir cuándo los demás están necesitados, tiene empatía con el que está en aflicción, se solidariza con el que sufre.  En mi experiencia de pastor he visto que las personas más generosas en una parroquia tanto con tiempo como con su dinero son precisamente los pobres.

Por otro lado, si uno vive en una situación holgada, el Evangelio presenta una serie de retos.   El primer reto que presenta es que uno no puede caer en el pecado de la autosuficiencia, el creerse que se no necesita de Dios, y por tanto no encomendarse a Él.  El segundo reto es el de no creerse mejor que los demás sino el de ser humilde y sencillo.  Esto es lo que Jesucristo quiso ilustrar en la parábola que hemos visto hoy cuando rechazó al fariseo del templo que se creía ser mejor que el publicano arrepentido de sus pecados.  Así que el Santo Evangelio de hoy nos es una llamada de reflexión acerca de en cual de las dos situaciones nos posicionamos y cuál es nuestra actitud al respecto.  

Una confesión que quiero hacer a manera de testimonio: ahora en Roma me acaban de robar mi cartera cuando iba de camino a San Juan de Letrán.  ¡Imagínense cómo he estado sintiendo mientras escribo estas líneas!  Y en estos mismos momentos en que estoy escribiendo este artículo, toca a la puerta de mi cuarto un joven sacerdote ucraniano, que como sabemos está pasando por momentos difíciles por su país, para darme cincuenta euros para ayudarme aquí en Roma.  Esto se los comparto sin ninguna vergüenza para asegurarles que lo que Dios dice en el Evangelio de hoy, se cumple.    

Padre Rafael Méndez Hernández Ph.D.

Para El Visitante

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