El Cordero que se hace Pastor 

El Apocalipsis nos presenta otra de las aventuras misioneras de los apóstoles.  Se trata de santos Pablo y Bernabé, la alegría de los paganos y la furia de los judíos. 

En el Apocalipsis, San Juan nos presenta a Jesús glorioso como el Cordero Degollado al cual todos en el Cielo le rinden pleitesía. 

Hoy, Domingo del Buen Pastor, la Iglesia nos presenta la parte final del discurso del Buen Pastor en el Evangelio de San Juan.  No sólo se nos dice que Jesucristo nos conoce porque nos ama, sino que el amor que siente por nosotros es el más poderoso de todos los amores porque su amor es el Amor de Dios. 

La tradición literaria de San Juan, una tradición presentada en su Evangelio, en el Apocalipsis y en sus tres cartas, desarrolla una serie de temas teológicos que otros evangelistas no desarrollan, Un tema que él desarrolla y que a nosotros los puertorriqueños nos encanta, es el tema del Cordero de Dios.  Vemos por primera vez la identificación de Jesucristo como el Cordero de Dios en la boca de San Juan Bautista en el Evangelio de San Juan Evangelista (valga las diferenciaciones).  Al presentar a Jesucristo como el Cordero de Dios, San Juan Bautista ya nos está adelantando que Jesucristo redimirá a la humanidad a través del derramamiento de su sangre, de la misma manera que corderitos machos, primerizos y sin mancha, fueron degollados en aquella noche de la primera Pascua, la Pascua judía, cuando que, con su sangre, se pintaron los dinteles de las puertas para salvar a los primogénitos judíos del Ángel Exterminador, y cuya carne sirvió para alimentar al pueblo judío antes de partir hacia la libertad. 

Tomando esta imagen, en el libro del Apocalipsis nos presenta a este mismo Cordero de Dios ya degollado, como metáfora de la Crucifixión, adorado por todos los redimidos de Dios.  De la misma manera que la sangre de los primeros corderos salvó a los primogénitos de Isael, la Sangre del Cordero de Dios, derramada sobre todos nosotros, nos salva.  Solamente nos debemos dejar de bañarnos con su sangre.  De hecho, cada vez que participamos activamente de la Eucaristía y, sobre todo comulgamos, somos bañados en esa sangre de Cristo.  Volvemos al mismo tema que hemos estado hablando durante el Ciclo Pascual: ¿por qué Cristo derrama su sangre?  La derrama por amor obediente al Padre y por amor conyugal y sacrificial por nosotros. 

Debido a que nos ama más que a sí mismo (porque dar la vida por los demás es amar a los demás más que a sí mismo), Cristo nos conoce a cada uno de nosotros y nos llama por nuestro nombre para llevarnos al Padre.  Al hacerlo, Cristo nos da a cada uno de nosotros una misión, esto que llamamos vocación.  Vocación al sacerdocio, vocación al matrimonio, vocación a la vida religiosa, vocación a la soltería misionera), todas son llamadas que Cristo nos hace a cada uno de nosotros por nuestro nombre y así nos lleva al Padre Celestial.  Esto hace que, dentro del rebaño del Buen Pastor, cada uno de nosotros, las ovejas, tengamos una función que realizar.  Nos toca a dada uno de nosotros descubrir cuál es la nuestra.  Este amor sacrificial hace que Jesucristo trascienda del Cordero Degollado que da la vida por nosotros, al Pastor que nos guía al Padre Celestial.  Tremendo,  ¿no? 

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