A las 4:00 de la madrugada sonó la alarma. Era lunes dentro de la octava de Pascua, ese tiempo en que la Iglesia prolonga la alegría de la Resurrección. Me encontraba en Mayagüez desde la noche anterior, preparándome para regresar a San Juan. Era día de cierre: los lunes se revisa el periódico, se hacen ajustes cosméticos y se dan las aprobaciones finales. Todo parecía transcurrir dentro de la rutina… hasta que dejó de serlo.
La noticia del fallecimiento del Papa Francisco llegó como un golpe seco. No hubo espacio para procesarla. El deber periodístico se impuso con la urgencia de quien reconoce un momento histórico. En cuestión de minutos, publicamos la noticia en nuestras plataformas, convirtiéndonos en uno de los primeros medios locales en comunicarla al pueblo de Dios. Y, al mismo tiempo, comprendimos que todo debía cambiar.
La edición que teníamos prácticamente lista dejó de existir. Hubo que desmontarla pieza por pieza y comenzar desde cero. Lo que horas antes era importante pasó a segundo plano. La historia ahora era otra. El mundo entero miraba hacia Roma.
Activamos de inmediato nuestra red de apoyo. Contactamos a colegas de Vatican News, confiando en la rapidez y precisión de su cobertura. A la par, recurrimos al padre Samuel Velásquez, quien se encontraba en Roma y se convirtió en nuestros ojos y oídos en el corazón de la Iglesia. Su disponibilidad fue providencial. Mientras reorganizábamos la edición desde Puerto Rico, él nos narraba en tiempo real lo que sucedía en la Ciudad Eterna.
Fueron horas intensas, casi irreales. Durante las primeras 16 horas del trabajo continuo no hubo pausa para el silencio ni para la oración personal. Tampoco hubo tiempo para dejar que la noticia calara en lo más profundo del corazón. Estábamos enfocados en cumplir con la misión: informar con responsabilidad, sensibilidad y verdad.
Sin embargo, en medio de la vorágine, algo latía por dentro. Porque no se trataba solo de la muerte de un Papa. Se trataba de la partida de un pastor que nos enseñó a mirar la Iglesia y el mundo de otra manera. Un hombre que marcó una época y que, en lo personal, avivó una llamada interior.
Sus palabras sobre una “Iglesia en salida”, su insistencia en una fe encarnada en la realidad, sus gestos hacia los más pobres y olvidados, no eran discursos: eran invitaciones. Pienso en iniciativas como Laudato Si’, que nos llamó a cuidar la casa común y a replantear nuestra relación con el mundo. Pienso en su insistencia de que “la Iglesia te escucha”, abriendo caminos de diálogo y cercanía. Y, sobre todo, en su forma de recordarnos que la fe no se vive desde la comodidad, sino desde el encuentro.
Con el paso de las horas, mientras la nueva edición tomaba forma, comenzó a abrirse espacio el sentimiento. Fue entonces cuando pudimos detenernos brevemente y elevar una oración por el eterno descanso del Santo Padre.

Desde Roma: el testimonio del padre Samuel Velásquez
“Ha pasado un año desde aquel Lunes del Ángel. En Italia, día de descanso, alegría pascual y familia; para muchos, terminó siendo un día de lágrimas. Desde que eligió llamarse Francisco, quedó claro que los pobres —materiales y existenciales— ocuparían el centro de su ministerio. Y así fue. Nos recordó que la Iglesia es un hospital de campaña y no un museo de santos; que en ella hay lugar para todos; que a los jóvenes no les toca balconear la vida, sino hacer lío; que prefería una Iglesia accidentada por salir antes que enferma por encerrarse; y que el Evangelio solo se entiende desde una verdadera revolución de la ternura.
La víspera de morir quiso salir una vez más, bendecir, recorrer la plaza y mirar a su pueblo como quien ama hasta el final, como eco de aquel 13 de marzo en que pidió la bendición del pueblo para comenzar su ministerio.
Como corresponsal de El Visitante, aquellos momentos fueron de lágrimas, silencios, gratitud, fe y oración. Roma se volvió un río humano hasta el funeral: pobres, peregrinos, jóvenes, presidentes, reyes, creyentes y lejanos. La impresión más honda que me quedó fue que el papa Francisco encarnó Mateo 25. En el hambriento, el herido, el migrante y el descartado, nos enseñó a reconocer a Cristo.”
Hoy, al mirar atrás, comprendo que aquel día no solo marcó una edición histórica para nuestro periódico. Marcó también un momento de gracia personal y comunitaria. Entre titulares, cierres y transmisiones, se nos recordó que el periodismo que hacemos no es solo un oficio: es también un servicio a la verdad, a la Iglesia y al pueblo de Dios.
Y en medio de todo, queda una certeza: el legado del Papa Francisco no se archiva en una edición. Se sigueescribiendo en la vida de quienes decidimos tomar en serio su llamado.



