La violencia acecha todos los días y es ave de mal agüero porque trae desolación mental. Desde el Génesis, con su relato de oprobio fraternal entre Caín y Abel, la herencia ominosa es plato servido en todas las latitudes. Si miramos alrededor la gran violencia siempre viene agazapada filtrándose en los poderes y estructuras del mundo, doblegando a los más débiles, sembrando inestabilidad social.

Ese germen desestabilizador está acompañado por la ambición desmedida, por el dominio del hombre sobre otro hombre. Es la experiencia propia, o colectiva, que indica que hay algo en las circunstancias terrenales que descuadra el propósito bueno, que atrofia todo lo que toca. Para el creyente el mal también existe y descuadra el presupuesto de vida y esperanza, desviando las causas básicas hacia derroteros de desolación y muerte.

No se vive en un paraíso soñado; no cabe la menor duda que cielo y tierra son conexiones vivas, que la justicia, el amor y la nobleza del corazón son escalones de un sí a Dios que conlleva vivir según los preceptos y mandatos divinos. Cristo es la ruta más corta, suavidad para pisar el duro suelo de esta encomienda humana que es la vida.

El estallido de la violencia social, vecinal o de matrimonial deja huellas destructivas y hay que atemperarlas con una dosis de “cada hombre es mi hermano” que es medicina y punto de referencia para resolver los problemas. El desbarajuste del tener, la vida loca y el sálvese el que pueda son calambres en el corazón, fiebre en los sentimientos más elevados.

No hay un remedio eficaz que sea bálsamo para establecer la equidistancia entre los hijos de Adán y Eva para gozar de una época más primaveral que debilite el apasionamiento por ganar las batallas sociales. Una educación con un perfil de libertad, de sana convivencia, de respeto mutuo, sacará lo mejor del ser humano, emancipará a la pareja y dará al traste con la ley del mollero, de la palabra hiriente, del insulto desmedido.

Toda la sociedad tiene que involucrarse en desfacer entuertos, dotar a niños y jóvenes del diccionario de ser persona, capaz de amar, servir y perdonar. Escoger a una pareja para pasar los días de la existencia no es menú de rutina, sino que requiere de absoluta libertad y convicción de que esa aventura también tiene sus caídas, de que el cansancio existencial permea todas las etapas de la existencia.

Sin una clase magna o cátedra que encuadre la verdad y resista el oportunismo y los disfraces que perpetúan un sistema artificial de vida, no habrá paz y la violencia seguirá su rumbo. Es mucho lo que hay que hacer en un País despojado de valores sanos que sirvan de puente de las generaciones. Ahora se imponen las cortes, las enseñanzas frágiles, el sálvese el que pueda. La violencia está viva, muy cerca de cada uno de los que habitan en Borinquén.

P. Efraín Zabala

Editor

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