El mal está entre nosotros y sobrevive a los intentos de convertirlo en mera apariencia. A cada momento, su avidez por ver caer a la multitud, se convierte en festejo. Líbranos del malo, acentúa la oración fundamental de El Padrenuestro como antídoto para no caer, para estar mano a mano con el Dios Santo y misericordioso. Sin los auxilios divinos la lucha se hace disímil, se cae en rodillas ante lo falso, deshonesto y estéril.

Todos los años la Santa Iglesia ofrece a sus hijos un menú único; oración, ayuno y limosna. Hacer reverencia a estos tres pilares cuaresmales equivale a disponer el alma para la gran transformación interior. Son raudales de luz que equilibran la mente y el corazón, disponerse para pasar la vida sin errar, para acentuar el diálogo con Dios. Abrir las fuerzas bautismales para establecer la conciencia de desparramar virtud es abrazar lo mejor, hacer causa común con todo hombre y mujer de buena voluntad.

Obviar el proceso cuaresmal es un lamento, un llanto íntimo que desborda en qué “mal están las cosas”. Ese comentario diario, que subraya las fuerzas pecaminosas, debe ser limitado a través de una vivencia del misterio Cristo, de una entrega viva que tiene por finalidad convertirse en discípulo auténtico, que enseña las lecciones de la vida. Al calcar el amor infinito, el discípulo se da por entero, se asegura de predicar a Cristo.

Es en esta tierra de misterio que el cristiano cumple con su asignatura más importante; hacer el bien sin esperar nada a cambio. Ese convencimiento brota de un amor entrañable, de un “Te seguiré Señor” a todas partes. Esos cuarenta días de reflexión sirven de plataforma para lanzar a los vientos el equilibrio cielo-tierra en que se aporta una dosis de afanes humanos con una de fervores divinos. Unir las tres virtudes teologales y el compromiso humano de rehacer el mundo amplía el  ideal cristiano, lo pone en su justa perspectiva. 

Pasar por la vida ignorando la fe es arriesgarse a caer barranco abajo, perder el paso. Sobre esa realidad se echan los sentimientos auténticos, el amor cristiano, la preocupación por el pobre y el desvalido. La circunstancia presente requiere de una solvencia ética, de una moral que no sea agujerada pro la sicología como fórmula salvadora.

A pesar de nuestros pecados, queda el anhelo de Dios de atraer para sí a sus hijos creados para alcanzar un lugar muy cerca de Él. La Cuaresma es tiempo apto para encontrar la ruta estrecha para llegar a las distancias y a las cercanías. El tiempo de cuaresma aclara la mente y abre un horizonte cargado de luz para ver mejor, acoger al caído y dejar claro que junto a Cristo podemos aliviar y atraer a los que yacen en la obscuridad y en las sombras de muerte.

Vivir al amparo de la cruz y revivir el deseo de estar con Cristo es hacer de la cuaresma un tiempo de entrega, paz y felicidad.

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

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