La fe en Cristo Jesús tiene consecuencias vivas en la vida diaria. Una vez inmersos en Él, ya no se vuelve la mirada atrás, se mantiene una armonía en pareceres, compromisos con el mundo, ideales que fragüen la libertad, regalo del Cristo Resucitado.  Para ser fieles a la mente del Señor Jesús es imperativo rechazar lo malo que hay en el mundo y trabajar por lo justo y lo bueno.

El cristiano vive en medio de las realidades apremiantes.  Dentro de las circunstancias, las luchas entre el bien y del mal, la contundencia cristiana examina todo y se queda con lo mejor.  No huye, ni se esconde de las luchas justas y une el escudo del amor para mantener en equilibrio la verdad y la mentira. Se vive el mensaje de Cristo, desenrollando el instinto de así lo haría Jesús, tan urgente en estos días apocalípticos.

El que cree no puede hacer de la fe un catálogo de residuos tóxicos que salen a flote cada vez que alguien le cae mal y se le toma como referente de negatividad, non grata para ser capaz de conversión y de nobleza humana. El amor cristiano, siempre va más allá e incorpora el poderío de la cruz de Cristo en un atajo de misericordia y comprensión.

Por encima de los prejuicios humanos se destaca la tierna enseñanza del maestro Jesús que conmovía por su rigurosidad liberadora. El vino a quitar trabas, a poner coto al fariseísmo ciego, a develar la verdad que nos hará libres. Calcar la mentalidad de Cristo y actuar según su corazón es faena y escudo para el discípulo que no puede acarrear nuevas o viejas filosofías que son obstáculos para ver mejor, para situarse en la perspectiva única del Evangelio.

Hay sutilezas que empañan la fe y proclaman la vehemencia sicológica como ruta paralela al ideal cristiano.  Vivir la vocación cristiana conlleva una perennidad de luz que avasalla y atrae por su realismo y vitalidad siempre nueva, a la mano.  Creer es explorar siempre el contenido de una fe que no se rinde ante emperadores y reyes y que hace resbaladizos los intentos de someterla a los nuevos tiempos.

El cristianismo es un retrato auténtico de Cristo que vivió y murió por todos.  Ser como Él conlleva una ferviente búsqueda de afanes limpios, de miradas compasivas.  Volver a ser niños encierra un coloquio con la inocencia, que las manos no se llenen de fango y anhelos materialistas. Simplificar el tema fundamental del Evangelio revierte un desafío a lo estipulado por la Palabra Santa, o hacer reverencia al dinero y a lo material.

Los ojos fijos en Jesús subrayan una dirección oportuna, una ruta para ver mejor, para acercarse a la libertad más auténtica.  Convertirse en el doble del hombre Dios es tarea que comienza en el bautismo, puerta de los sacramentos. Una vez bautizados, con la esperanza a flor de piel, se ejerce el sacerdocio común, una participación auténtica en esa plenitud de gracia y de libertad.

El cristiano desdobla su vida en la identidad básica, hijo de Dios, hijo de la Iglesia. No puede construir un andamio religioso que eleve la fe a una parcela de fariseísmos acomodaticios. A través de una conciencia limpia podrá dar gloria a Cristo el Señor, e identificarse con el Maestro que atrae siempre por su gracia y su amor.

 

P. Efraín Zabala

Editor

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