Es obvio que la confusión y la desorientación caminan juntas en este Puerto Rico de hondas raíces humanas y cristianas. Mirar lontananza es el mejor recurso para no enredarse en discusiones bizantinas y de poco sentido. La conversación diaria se ha convertido en un “esto está malo” y la sabiduría se escapa por entre los agujeros de una agenda vacía. La mala información y el miedo como escudo son fuerzas negativas, voces que ahogan y arruinan el sentido de felicidad y alegría.

Ha sido un año vertiginoso, trágico, elocuente de la vida como faena siempre en ejecución. El oleaje espantoso se alza sobre la quietud de los proyectos, de las ideas de “haré esto este año” y en un momento hay que cambiar de día, hora y lugar. La actitud ante tal ímpetu de la naturaleza, es una enseñanza, una especie de parábola que narra el misterio del hombre sobre la tierra.      

En veredas plagadas de extrañas miserias, conviene revestirse de olfato nuevo, de estilos que modifiquen actitudes y cuadren el presupuesto de luz que debe acompañar el proceso inspiracional. Es la voluntad de servicio, de portar el milagro, que es una manifestación auténtica de la fe en Cristo, Señor nuestro. No se camina en soledad, sino que la frase “ustedes harán cosas mayores” sostiene el andamiaje de servicio, que es fundamento de toda acción cristiana.

Los discípulos del Señor Jesús entregan el corazón en cada detalle de correr la suerte del Maestro Jesús por reverencia a su palabra. Poco a poco, con lucidez bautismal y el olor a la Eucaristía, cede el mal y el amén victorioso se convierte en disposición personal para revitalizar a la Isla que tanto necesita de fuerzas vivas, de mentes claras.

Mientras más se tiende a vivir, como si Dios no existiera, peor es la cosecha, dañinos son los resultados. Toda manía de hacer un mundo con firma al dorso de “nosotros somos más” es un esfuerzo baldío, parte de una locura. Sobre ese marco de referencia se organizan la más absurdas ideas, se alzará la copa de un nosotros débil y precario.

La Babel muestra su rostro en estos días de soledad y angustia que se aglomeran en la mente y el corazón. Hay que escudriñar el yo herido para reforzar el sistema inmunológico de la fe de los siglos. Esto solo se logra con la fe que no es poquita cosa, sino un don de vitalidad para dar la mano al caído, ampliar el horizonte de una entrega que va allá de un ¡Ay bendito! de última hora.   

Servir, amar, bendecir son atributos del que se entregó con Cristo y lo perpetúa en cada circunstancia en este mundo. Los hijos de Dios se agrupan en la Iglesia para dar testimonio de que Él vive, camina con nosotros.

Padre Efraín Zabala

Editor

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