La mentalidad achicada se confunde en sus gestos y actitudes tardías. Es tal el imperio de normas, leyes y estilos de avanzada, que el problema y la solución corren la misma suerte. Es la paralización mental que queda atascada en las esferas superiores, al borde de la espera y del futuro. Esa poca fluidez entre necesidad-urgencia y el papeleo en mayúscula abona a la desesperanza y al sufrimiento.

Surge, entonces, la multitud necesitada en una larga fila que encoge el alma. El pueblo en general se abastece de la esperanza, de las soluciones motu propio, de la espontaneidad que es un hágase, imitador del primero en el paraíso. La mente se educa para hacer pequeños milagros, para remediar la necesidad que no avisa, que desgasta el pensamiento.

Ante la necesidad básica o de ocasión, los educados para servir, deben poseer una agilidad única, casi una varita mágica para socorrer en el momento oportuno. El servicio de dar para ayudar eficazmente tiene que operar al instante para no crea la incompetencia o perder la ilusión. Mostrar un rostro burocrático equivale a te oiremos en otra ocasión, ahora no hay tiempo.

Los necesitados abundan en cada esquina con su cruz a cuesta, esperando el momento oportuno para ser oídos y bien servidos. Mirar de lejos nunca es un aperitivo para el plato principal. Es preciso ponerse en el lugar, penetrar en el dolor ajeno, servir la mesa para todos. La solución llega después de la mirada justa y amplia. La misericordia es imán, suave actitud para no defraudar.

El desplome de la solidaridad trae como consecuencia la indiferencia que marca el paso en la sociedad y que convierte a las personas en números o en miembros de una fila. El corazón y la mente van unidos dictando la pauta, organizando el bien, enarbolando la justicia que tiene como objeto dar a cada uno lo suyo. Con ese afán en mente se derriten los eslogan y se parte el pan adecuadamente.

Las distancias sociales alejan y el no remediar la situación del pobre, se torna en agravio, en problema emergente. Es conveniente tener en mente que Puerto Rico es un país pobre, que la necesidad cunde, que se impone una curación de actitudes y procederes. La sofisticación de los servicios debe dar paso a una cercanía más gentil que resuelva, que abra horizontes, que sea de salud para el pueblo.

El bien no espera, requiere de un auténtico servicio que derrita la burocracia excesiva que es un mal de nuestros días. El pobre, el humilde, el desamparado, claman a viva voz por un servicio de gran sentido humano. Nada se logra con almacenar datos sin referencia real a los que lloran a la vera del camino.

La vasta mayoría del pueblo necesita entusiasmarse con el servicio que da el gobierno, la Iglesia, las entidades. El papeleo es bueno, pero agobia. La consecuencia de toda diligencia tiene que aflorar para el bien común. Lo demás es humo que arrebata el viento.

P. Efraín Zabala

Editor

 

 

 

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