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La Antártida, un continente cubierto por una gruesa capa de hielo. Su clima es implacable, sus aguas son mortales para cualquier navío incluso para los adaptados y su temperatura es la más baja del planeta. Su escudo, que torna entre lo cristalino y blancuzco al igual que sus azules aguas, realmente está siendo amenazadas por los cambios climáticos. Para algunos es un problema distante en aquel lugar considerado paradójicamente como el “final del mundo”; para otros que la colosal corteza de hielo se derrita pudiera significar que incremente el nivel del mar. Un lugar que no ha sido conquistado por las hormigas, rodeado por icebergs, es tan duro y a la vez tan vulnerable.

Al estar posicionado en la totalidad del círculo antártico y que es el sur del planeta, sus veranos coinciden con los “inviernos” borincanos. Para marzo de 2022 se registró una ola de calor extrema en la parte oriental del continente helado. Solo duró ocho días con temperaturas de 14°F cuando lo normal para ese entonces debía ser -58°F. Además, entre los años 2009-2019 los científicos señalan que el pasto antártico creció sin precedentes. Estos dos factores desembocaron que en marzo de 2022 hubo una espectacular floración antártica, aunque las flores en esta ocasión tristemente fueron símbolo del fracaso en la lucha contra la crisis climática teniendo en cuenta que la temperatura del continente helado sube poco a poco década a década. 

No todo son fracasos. La Antártida tiempo atrás fue el escenario de la guerra global para luchar por disminuir el agujero en la capa de ozono, batalla que fue ganada con la recuperación y disminución del agujero gracias a la cooperación internacional. Aunque noticias científicas recientes señalan que no hay una victoria absoluta en este asunto porque aquel agujero se agranda y se reduce; aparece y desaparece. Por ello saltan las preguntas, ¿estamos a tiempo? ¿Será todo esto irreversible?

Acá en el batey del archipiélago borincano -porque existe Vieques y Culebra- la temática ambiental no promete mucho, aunque algún incrédulo diga lo contrario. En la calle se escucha a quienes afirman que el sol pica más que antes. Pero, el que está en aire acondicionado 24/7 no lo puede percibir. Un día llegan las lluvias excesivas, luego la sequía y al poco tiempo la inundación. El pecado contra la tierra ha sido evidente y este viene con una consecuencia a pagar. Si unos pocos se beneficiaron, ya no importa porque todos pagamos el precio. Por si acaso algún adivino lo aprovecha en su juego de temores lucrativos, no se trata de presagios o predicciones del futuro, es pura repetición anual. Como cada uno cosecha lo que siembra (Ga 6, 7), nuestra humanidad ha abusado de manera irresponsable del Planeta Tierra.

Para tener una idea, del 1994 al 1997 en Puerto Rico se registraron períodos de sequía muy sonados. Ese tiempo también se vio interrumpido por grandes inundaciones con los huracanes Hortense (1996) y Georges (1998). En años recientes si el tema no ha sido recurrente, al menos ha sido intermitente. 

Posterior a la sequía antártica, para junio 2022, la mayor parte de Puerto Rico se mantuvo en sequía moderada aún con algunas lluvias que han apaciguado el asunto. Incluso suena paradójico que tenemos bosques lluviosos y que a la vez seamos azotados por el polvo del Sahara. 

Los agricultores de antaño señalaban que después de las navidades había una seca. Por eso, en febrero se celebraba la fiesta agrícola de la candela para preparar los terrenos, en honor a la Virgen de la Candelaria. De pequeño vi las luces en los montes de Yauco, Guayanilla, Peñuelas y Ponce. Esa imagen se repetía en todos los pueblos agrícolas, aunque ya se ha avanzado en la conciencia de no quemar.

Todavía tenemos tiempo. Para amortiguar el golpe ambiental hay que se proactivos en las circunstancias personales y colectivas. Hay que reducir los desperdicios y hacer lo propio para reutilizar lo que se pueda. Es apremiante evitar que la basura llegue al mar y que los vertederos crezcan a ritmo exponencial. Urgen programas de reciclaje efectivos, no de letreros. Se requiere transformación social, un nuevo estilo de vida y una mayor conciencia ambienta envías de la conservación y la solidaridad. Y hay que orar porque como diría Padre Zabala: Sobre la fe se edifica el bien personal, social y colectivo. Esos son los primeros pasos, ese es el camino al que llama el Papa Francisco.

Fue el Papa Francisco en su Encíclica Laudato si’ (2015) quien trató directamente el tema ambiental y quien insiste en que podamos reconocer que los recursos naturales son un don de Dios, que contrario a explotarlos, hay que administrarlos de manera responsable y prudente. Subraya: “Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común, como en los últimos dos siglos” (Núm. 53). El Papa Francisco llama con urgencia a proteger nuestra casa común cuya iniciativa pueda “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues, sabemos que las cosas pueden cambiar”, (Núm. 13). 

Mientras, las flores antárticas son un recordatorio de que la intención tiene que ir acompañada de muchas acciones, que la cooperación de todos los pueblos es urgente y que el tiempo corre…

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com

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