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El libro del Génesis nos presenta otro de los hitos de nuestra historia de salvación: el sacrificio de Isaac.

En la Carta a los Romanos, San Pablo nos presenta una reflexión que contrasta completamente de la 1ra lectura: Dios perdonó a Isaac, pero no perdonó a su propio Hijo.

San Marcos nos presenta su versión de la Transfiguración, en la que aporta menos información que la de otros evangelistas.

La Transfiguración, ese misterioso momento en la vida de Jesucristo, que celebramos no solamente el día 6 de agosto, sino que la contemplamos todos los segundos domingos de Cuaresma.  Pero, ¿qué significado y connotación tiene este momento?  La Transfiguración no es otra cosa que Jesucristo mostrándose tal cual es a estos tres apóstoles: el Hijo de Dios, la segundada persona de la Santísima Trinidad.  Pero lo hace solamente por un instante. ¿Por qué?  La respuesta la tenemos en el cuándo del momento.  

Jesucristo había comenzado su peregrinación final a Jerusalén, hacia su muerte.  En el camino le revela a los apóstoles el plan de Dios: su Muerte y Resurrección en Jerusalén, algo que no había hecho todavía y que dejó a los Doce helados.  Tiempo después, camino a Jerusalén, cuando ya los apóstoles creían que el asunto de su muerte ya había sido olvidado, Jesucristo se lleva a los tres apóstoles a la cima de un monte (presuntamente el Tabor, que se ve clarito desde Nazaret), y muestra su grandeza a ellos, para luego recordarles que iba a morir y resucitar en Jerusalén.  ¿De qué habló Jesús con el gran personaje del Antiguo Testamento y con el profeta cumbre del Antiguo Testamento?  San Marcos no dice y nos vamos a circunscribir a lo que Marcos dice.  El comentario de Jesús sobre su Muerte y Resurrección nos hace intuir que de eso hablaron.

Las dos lecturas de hoy nos ayudan a entender no solamente este drama, sino también todo el drama de la Cuaresma: el misterio de la Cruz de Cristo.  Como ya habíamos mencionado en la pasada semana, las lecturas del la Cuaresma nos presentan hitos en nuestra historia de la salvación para preparar a los catecúmenos a su bautismo en la Vigilia Pascual.  Hoy nos presenta el episodio del sacrificio de Isaac, episodio que ya conocemos.  Pero lo que resalta en este relato es que, al último momento, Dios perdona al hijo de Abrahán cuando le demuestra a Dios cuán grande es su amor.

Otra es la historia de Jesús: mientras que Dios perdona al hijo de Abrahán, no perdona a su propio hijo y esto es lo que recalca San Pablo en la segunda lectura de hoy.  La razón que nos da es muy simple: para demostrarnos cuánto nos ama: el amor de Dios por nosotros es tan grande que, para demostrarlo, nos ha dado a su Hijo, para que no tengamos dudas de su amor.  Esta muestra de amor es para dejarnos saber que podemos contar con Dios todo el tiempo, y que para eso Cristo murió en la cruz.  La Transfiguración sirve entonces para recordarle a los Apóstoles, cuando vean a Jesucristo ensangrentado y muriendo en la Cruz, que Dios tiene poder y que la cruz no es el final.  

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante