Se observa una merma en los nacimientos en el País y afloran en el subconsciente las familias-ejércitos, el conglomerado de aquellos de una misma sangre, de rostros parecidos. Era el tiempo de los muchos, de los racimos en flor. Padre y madre entretejieron sus sueños y anhelos y donde comían cinco, comían seis. No existían los repelillos, ni el complejo de no me toques que rige en el campo y pueblo.

Sin hijos, se exacerba el yo acumulado de caprichos y de insignificancias. Son los retoños los que proporcionan la curiosidad, la pregunta intuitiva, el alarde de vitalidad recién estrenada. Sin otros pareceres se cae en el subjetivismo, se extravía el retrato de los primogenitores que es éxtasis y amor al vivo. Cada hijo trae consigo un halo de misterio, una pregunta que abre el coloquio con lo arcano y misterioso.

La comunidad se nutre de renuevos siempre prestos para reforzar el yo cansado y escasea de intrépidas ideas. Los que llegan lanzan nuevas semillas, apodan los yerbajos, contradicen la quietud y decadencia que poco a poco se filtra en los adultos. Los hijos encienden la fogata de la aventura familiar que es siempre convergencia de pareceres.

El rechazo a tener hijos, que para algunos revolotea en una mentalidad utilitarista, empobrece al País entero y lo coloca a merced de la técnica, de los especuladores que no esconden sus tácticas. Limitar los nacimientos tiene el visto bueno de la Iglesia cuando el método natural aquieta el corazón y los sentimientos y equilibra la recta intención.

Una Isla pequeña, “apenas posadera sobre las aguas”, superpoblada, no puede vaciarse en la emigración, ni en el no al vientre, ni en el atropello infantil que es cuota de cada día. Se requiere de una actitud de sentido virtuoso para no echar a pérdida la multiplicación del cooperativismo de alma y cuerpo tan necesaria para acumular días de vida y esperanza.

Mantener el hogar como jardín de amor, es tarea de los cónyuges y los hijos., dar la ración humana a cada uno y verse reflejados en los más pequeños hace referencia al altruismo, al ciudadano que alarga su corazón en dádiva. El hogar es siempre un lugar privilegiado, una huella de los acompañantes más elevados y dignos.

En la época del aturdimiento generacional se mantiene en alta el hogar y los hijos como contribución a un Puerto Rico mejor. La casa pequeña de papá, mamá y los hijos se torna en parábola de comportamiento humano en que la disidencia y el asentimiento caminan juntos para beneficio de todos.

La poda de retoños deja vacíos que crean incertidumbre y desasosiego. Sin recurrir al pasado como salvavidas del acontecer nuevo, sería bueno pensar cual es la responsabilidad de todos con el País. La puertorriqueñidad se nutre de nuevos retoños que vengan a ser parte del álbum familiar. Todos juntos haremos un Puerto Rico mejor, una mesa grande en donde se parta el pan y el esfuerzo colectivo.

P. Efraín Zabala

Editor

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