Los balcones han vuelto a surgir como emisarios de gente reunida en coloquios de sabrosura comunitaria. Estos balcones constituían un intercambio de voces amigables, una apertura a divisar otras circunstancias, mientras se ofrecía hospitalidad a manos llenas. El balcón daba cabida al saludo cordial, al abrazo fraternal, a la dulzura de la vida que sería más intensa cuando los temas reales se dejaban para el comedor. Mientras se saboreaba el menú tradicional, se desmenuzaba el tema central, la vida, las situaciones trágicas de la existencia, la alegría de estar juntos.

Siempre eché de menos la tertulia en los balcones. El día de las madres, el día de Reyes, eran una ocasión para el intercambio de ideas. Una guitarra, unos cantantes, un recuerdo, eran protagonistas en esos días tan reverenciados por los puertorriqueños. Se notaba una ardiente actitud de celebrar la vida, de restarle penas al entorno.

En estos días de claras incidencias de soledad y aislamiento, los balcones han vuelto a ser ecos de la vida buena, una inyección de optimismo, un canto al grupo que desafía la modorra desde la altura. Desde ese pedestal el aplauso a los sacrificados del momento se hizo agradecimiento, justicia noble para aquellos que se sacrifican de mañana a la noche; que lo dan todo.

El grupo entusiasta jamaquea la desesperanza. La alegría de estar sanos corre por el alma e intercambia buenos augurios para los enfermos, para los solos, para los deambulantes. No hay que desanimarse a la primera, sino predecir el día nuevo, retornar a lo básico y a lo que tiene sentido. Se establece la fértil mirada, la condescendencia amorosa.

Desde un balcón se echa a volar los mejores deseos y se atiza el fuego de la mirada condescendiente. El negativismo queda opacado por la buena voluntad y logra echar a volar los pequeños sueños que equilibrarán el bien y el mal, abriendo ruta nueva, brindando por los demás.

Echaba de menos el balcón florido la entusiasta mirada que desplegaba la ilusión. En estos días de equilibrios bondadosos, se siente la presencia de un nosotros distante y cercano, un re-encuentro con las verdades fundamentales. Las distancias tienen su poder en estos tiempos de epidemias, pero es mejor compartir de cerca y de lejos, abrazar a todos desde el yo implorando hermandad, acogiendo a los demás como realmente son.

Ya Puerto Rico no canta como solía hacerlo en las voces de los hombres y mujeres que interpretaban sus penas en un aguinaldo o en una danza. Hacen falta las lavanderas y planchadoras que cantaban unas a la orilla del rio y otras sobre la tabla de planchar. Allí vaciaban sus penas, afanes y desarrollaban el tema filosófico de la existencia.

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