La educación hogareña, punto de referencia esencial, yace en el baúl de los recuerdos. Padres, madres, sofocados por un clima hostil, carente de riesgos fundamentales, hilan fino para enderezar las rutas de ese sector juvenil que está huérfana de valores y principios. En un marco de comodidad y de lejanías emotivas, las nuevas generaciones se abastecen de ideas paradisiacas, de la ley del menor esfuerzo, de criterios de poca monta.

Se ha dicho que esta es la época en que los padres no encuentran como dar la clase magna a sus hijos. Se ha vaciado de contenido el esquema valorativo, la belleza del corazón, la ternura a dos carriles; Dios y la familia. Primero se hace reverencia a Dios, luego al prójimo. Se vive para servir, para agotar  el pensamiento en servicio, en concordancia con el Buen Samaritano.

Niños y jóvenes llevan sobre sus el peso de una sociedad que solo ofrece migajas, mucho dulce y soledad. La forma de acercarse a la realidad está saturada de ensimismamiento, de celulares, de miradas frágiles. Miran, pero no ven, porque falta el por qué mental, que conlleva entusiasmo por la causa por los demás, establecer el por qué para dar la mano, el corazón, la mente.

En estos días de sufrimiento colectivo a causa de la pandemia y la guerra rusa-ucrania, el joven siente el desgaste vital como una espina en su corazón. El hoy le parece trágico, el mañana una quimera. Esos vacíos   existenciales tienen que ser observados por los maestros escolares; el padre y la madre. Aliviar el alma por medio de la palabra honrada, del abrazo sincero.

El Puerto Rico que amamos no puede quedar en las manos de vándalos que se apoderan del poder para fabricar bunkers de placer y dinero.  Eso se lo lleva el viento y condenan al País a la pobreza, a la crisis social, al naufragio colectivo. Un mapa a seguir para nuestros jóvenes bebe reflejar el sentido humano y social de la existencia, la convicción de que la fraternidad hace milagros, eleva la inquietud existencial.

La escuela está llamada a ser el otro hogar de agradable compañía, generosidad y elevados deseos de dar el máximo por el país. No es justo contradecir la enseñanza hogareña por ideas sacadas de la vaciedad sicológica y así dar de beber un mejunje que irrita el alma y propone el mollero como defensa propia.

Hay una deuda con los jóvenes porque andan como ovejas sin pastor. Hay que convencerlos con el amor sano, con la palabra noble, con el abrazo sincero. Cada familia tiene que acoger a los suyos para que la piedad hogareña no se desparrame en el camino. Es tarea de todos, pero la madre y el padre, tienen que ser artífices de una vida nueva, basada en el cariño y el amor. Sin el abrazo familiar, se corrompen los sentidos y se daña el corazón anhelante de vida y de pobreza.

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

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