Nos encontramos en el corazón de la Cuaresma, y de alguna manera, en el corazón del Evangelio de Lucas. En el corazón, porque Lucas 15, siempre se ha considerado el centro de esta obra por lo que dice y enseña en su catequesis.

Es toda una defensa incuestionable de Dios, de Dios como Padre. Por eso no es, propiamente hablando, la parábola del hijo pródigo, del hijo que vuelve, del hijo que se arrepiente, aunque esto es muy importante en la narración y en su profundidad simbólica. Es la parábola del Padre, de Dios, que nunca abandona a sus hijos, que nunca los olvida.

De ahí que algunos  han señalado que deberíamos comenzar a entender la parábola fijándonos en el hijo mayor; el que no quiere entrar a la fiesta que da el padre por haber encontrado a su hijo. Él, que siempre se ha quedado con el padre en la casa, tiene unos derechos legales que nadie le niega, pero le falta la capacidad del padre para tener la alegría de ver que su hermano ha vuelto. No tiene mentalidad de hijo, de hermano; es alguien que está centrado en sí mismo, sólo en él, en su mundo, en su salvación. Se ha quedado en casa del padre, pero está enfermo de soberbia.

El hijo mayor, en el fondo, no quiere que su padre sea padre, sino juez inmisericorde. Lo importante de la parábola, por encima de cualquier otra cosa es: que se ha organizado una fiesta por un hermano perdido, y no está dispuesto a participar en ella.

Jesús está hablando de Dios y esta es la forma de contestarle a los escribas y fariseos que se escandalizan de que el está dispuesto a dar oportunidades a los perdidos: el Dios que él trae es el de la parábola; el que viendo de lejos que su hijo vuelve, sale a su encuentro para hacerle menos penosa y más humana su conversión, su vuelta, su cambio de mentalidad y de rumbo. Esta es su significación última y definitiva.

¿Estaríamos nosotros dispuestos a entrar a esa fiesta de la alegría? ¿Queremos para los otros el mismo Dios que queremos para nosotros?

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