En el libro de los Números, ante las limitaciones de Moisés para llegar a todos, Dios derrama su Espíritu a setenta ancianos escogidos para ayudarlo. Lo interesante del texto es que el Espíritu de Dios va más allá del campamento, cubriendo a dos ancianos escogidos que no estaban en el mismo.
Santiago en su carta ataca a los ricos que se han enriquecido a costa de los pobres y que viven de ellos. En este pasaje podemos ver una semilla de lo que será la Doctrina Social de la Iglesia.
Son dos las advertencias de Jesucristo en el Evangelio de San Marcos: que no podemos restringir la acción del Espíritu Santo a un grupito y que los que predicamos el Evangelio tenemos que estar limpios de corazón.
Mientras leía el Evangelio, me venía a la mente un episodio que pasó recientemente con la visita del Santo Padre a Singapur. En el encuentro interreligioso con los jóvenes, Papa Francisco indica que todas las religiones son caminos que llevan a Dios. Esta aseveración del Papa, dicha en un contexto informal y no de manera magisterial como lo ha dicho en sus encíclicas como “Evangelium gaudium”: “nadie se salva a sí mismo individualmente o por sus propios esfuerzos,…evangelizar es primeramente y sobre todo, predicar el Evangelio a aquellos que no conocen o que se empeñan en rechazar a Jesucristo”, o en una homilía en Santa Marta que “Jesucristo es la única puerta de salvación”, ha causado una serie de reacciones, muchas de ellas negativas, en las que lo acusan desde relativizar el cristianismo, hasta de atreverse a tildarlo de hereje, (de hecho, decir esto del Santo Padre es ya en sí una falta a la fe católica, puesto que el Papa no puede errar en cuestiones de fe y costumbres, según nuestra fe católica). Todas estas voces críticas al Santo Padre, que tanto daño hacen a la Iglesia, no se dan cuenta de que están yéndose en contra de la misma Palabra de Dios y, sobre todo, del mismo Jesucristo, ya que específicamente en la Liturgia de hoy, Dios en su Palabra nos dice que su acción va más allá de los límites de nosotros los seres humanos.
En el contexto de la 1ra lectura, Moisés le expresa a Dios su inhabilidad de llegar a todo el mundo, dado a su edad y a la muchedumbre que compone el pueblo de Israel. Dios comprende el reclamo de Moisés y ordena que 70 ancianos probos fueran escogidos para participarles el Espíritu que posee Moisés, para que se encarguen de las cosas menores y Moisés de las mayores. Cuando dos de los ancianos que no estuvieron allí también recibieron el Espíritu, la gente los quiso descalificar del profetismo adquirido y tuvo Moisés que decir que la acción de Dios no tiene límites. De la misma manera, cuando los Apóstoles quisieron descalificar a estos dos hombres que predicaban y hacían milagros en nombre de Jesús, Jesucristo mismo dijo que los dejaran tranquilos, que ellos también están proclamando el Evangelio.
La acción de Dios no tiene límites; su sangre derramada en la Cruz fue para toda la humanidad. Un aspecto de la fe cristiana que nunca debemos de olvidar es que nosotros, ni nos salvamos por nosotros mismos, ni que somos los propietarios de la gracia de Dios ni tenemos la exclusiva de la salvación. Estamos hablando, no de que la humanidad llega a Dios, sino que es Dios que se allega a nosotros en la persona de Jesucristo, que es Él “el que reparte el bacalao”. O sea, el que distribuye su gracia santificante y el que nos salva. Lo que podemos hacer, según Jesucristo, hoy: expulsar, desterrar de nuestros corazones toda maldad, para que la acción de Dios en nosotros sea efectiva y que nuestra expresión de fe sea diáfana.



