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Pentecostés es la única celebración que no se saca de los Evangelios sino del Libro de los Hechos de los Apóstoles. Es, por tanto, la primera lectura, la razón de ser de esta celebración.

La primera Carta de San Pablo a los Corintios es la Carta de la Iglesia como Cuerpo Místico de Jesucristo. Es la Carta en la cual San Pablo nos presenta la comunidad de los fieles como la presencia viva de Jesucristo en el mundo, con ÉL como CUERPO, y el ESPÍRITU SANTO el alma que une y a la misma vez empuja a la Iglesia.

Nos dice el Evangelio de San Juan que el primer regalo que Jesucristo Resucitado le da a su Iglesia es el Espíritu Santo que ahora Él puede dar.

Yo no le tengo devoción al Espíritu Santo, de la misma manera que no le tengo devoción a la Virgen María ni a nada que tenga que ver con Jesucristo, como el Sagrado Corazón, la Eucaristía, etc. Yo le tengo devoción a San Pío X, a San Pablo VI, a Santa Teresa de Jesús y a San Agustín. A la Virgen María no le tengo devoción simplemente porque ella es mi Madre, ella tiene mi corazón, ella tiene todo mi amor de hijo. Sobre Jesucristo, Él es mi Señor, mi Salvador, mi Dios hecho hombre para que yo sea hijo de Dios. Y en cuanto al Espíritu Santo, no le tengo devoción por el simple hecho de que Él es mi Dios, la Tercera Persona de ese Dios al que yo adoro y, sin el Espíritu Santo simplemente, no tengo vida. El Espíritu Santo es quien hace que Cristo viva en mí; el Espíritu Santo es la dimensión de Dios que habita en mí y me capacita para yo poder hacer lo que Dios quiere y espera de mí, lo mismo podemos decir de la Iglesia.

Desde que comenzó la Pascua, hemos estado diciendo que Jesucristo Resucitado se aparece de forma discreta y secretiva luego de una crucifixión espectacular (bueno, su muerte fue un espectáculo para todo Jerusalén). De esta forma, Jesucristo indica que ha culminado su misión en esta tierra y que ahora le toca a sus seguidores, a su Iglesia, continuar su misión de anunciar la Buena Nueva.  Pero, en ningún momento, Jesucristo se desentiende ni deja sola a su Iglesia sino que, desde el mismísimo momento de su Resurrección, capacita a su Iglesia para cumplir su misión, derramando al Espíritu Santo para que le lleve.

Aunque es Pentecostés el día del gran derramamiento del Espíritu Santo, son dos momentos en los que la Iglesia recibe al Espíritu Santo y los dos nos los narra las lecturas hoy.  Obviamente Pentecostés es uno, y el soplo de Jesucristo en el día de su Resurrección en el otro que, si venimos a ver, primero lo fue el episodio evangélico y luego el de los Hechos de los Apóstoles. Es que al Divino Espíritu lo recibimos de muchas formas. Lo recibimos en el Bautismo, cada vez que comulgamos y, por antonomasia, en la Confirmación.  Lo recibimos diariamente cada vez que lo invocamos.  Pero en todas esas veces es lo mismo: Dios que entra en nosotros para que podamos hacer maravillas, para traer a Dios en medio de nuestro mundo y para que nosotros quedemos sumergidos en su amor.

P. Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante