Los Hechos de los Apóstoles comienzan con la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo a los Cielos.

San Pablo en su Carta a los Efesios nos dice que la coronación de la obra de Jesucristo fue su ascenso a la derecha del Padre, en donde reina como Dios Todopoderoso.

San Mateo no termina su evangelio con la Ascensión de Jesucristo a los cielos, sino con una información un tanto misteriosa e intrigante.

Al terminar su ministerio y su misión redentora, Jesucristo se regresa a casa, se regresa al lado del Padre. Una cosa que a nosotros nunca se nos debe olvidar es que, por más que Jesucristo nos ame a nosotros al punto de por nosotros dar la vida, la Persona que Jesucristo más ama es a su Padre. Incluso, Jesucristo ama al Padre más que a la mismísima Virgen María. Es un dato del cual no meditamos, pero es una de las verdades de fe más grandes. Jesucristo hizo todo lo que hizo en función de su filiación y obediencia amorosa al Padre. Por tanto, una vez terminada su obra redentora, vuelve a ese Padre que tanto ama.

El comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles es el eslabón que une la obra de Jesucristo con la obra de sus Apóstoles. De hecho, a veces pienso que debería de haber una edición de la Sagrada Biblia en la que, en vez de ser el Evangelio de San Juan el libro que le sigue al Evangelio de San Lucas, fuera el libro de los Hechos lo que sigue después del evangelio lucano y le seguiría el Evangelio de San Juan, puesto que el Evangelio de San Lucas y el libro de Los Hechos son dos tomos de una misma obra. De hecho, es el libro de los Hechos de los Apóstoles el que nos da la data de que Jesucristo sube a los Cielos a los 40 días de haber resucitado. Recordemos que 40 es el número de la preparación.

San Pablo, de una manera velada, nos insinúa que fue el Padre el que tenía el gran deseo de que su Hijo se sentara a su derecha. Si el Padre es la Persona que más ama el Hijo, el Hijo es la Persona que más ama el Padre. SÍ, Jesucristo estaba deseoso de volver al Padre, el Padre estaba deseoso de que su Hijo volviera. Me viene a la mente la Parábola del Hijo Pródigo, en la que el Padre estaba velando de que su hijo volviera a casa.

Pero San Mateo nos dice algo que nos trastoca lo dicho. Aunque, como en los demás evangelios, contiene el mandato de ir a todos los pueblos a evangelizar, su evangelio termina con Jesucristo que se queda con nosotros, “todos los días, hasta el fin del mundo”.  Jesucristo vuelve al Padre, pero es Dios, por lo tanto, puede estar en todos los sitios al mismo tiempo. Es omnipresente. Y no nos deja solos porque nos sigue amando con la misma intensidad y pasión con la que entregó su vida en la Cruz. Se queda en la Eucaristía, se queda en la fuerza del Espíritu Santo, se queda por amor. No nos olvidemos.

P. Rafael “Felo” Méndez Hernández

Para El Visitante

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