De nuevo me escribía Marta: “No hace mucho me encontraba comprando artículos de floristería en una tienda que, además de las flores, suplía artículos relacionados con el negocio de las bodas: alquiler de trajes para las novias, bizcochos, capias, cerámicas… En la tienda se encontraba la dueña, así como otras personas, clientes o quizás amigos. De repente se escuchó la clásica algarabía que producen las bocinas de los automóviles cuando se ha efectuado una boda y quieren manifestar así los invitados la alegría de haber compartido esos bonitos momentos con los desposados”.
Los presentes nos asomamos para ver pasar a la novia y casi inmediatamente surgieron los consabidos comentarios jocosos e irónicos tanto de parte de los varones como de las mujeres: “Te casaste, te chavaste”, “Goza ahora, que ya llorarás después”. Yo me reía tontamente, socialmente, ante lo que parecía era la broma del momento; broma tragicómica, pues estaba develando la profunda farsa que a veces vivimos las parejas casadas: aparentamos una normalidad y felicidad que están muy lejos de sentir.
“De repente me vi a mi misma hace algunos años atrás viviendo esa doble vida y comprendí cuánto había cambiado mi situación con mi esposo y mis hijos en nuestro hogar. Sentí una inmensa alegría al darme cuenta de la felicidad que experimentamos actualmente; felicidad aun en medio de todos los problemas que nos trae cada día el estilo de vida agitado y moderno dentro del que nos desenvolvemos”.
“Sentí lágrimas en mis ojos y le di gracias a Dios que nos permitió llegar al Taller de Renovación Conyugal hace nueve años. De no haber ido entonces probablemente estaría coreando, al igual que mis inesperados amigos, el resentimiento hacia lo que es hoy motivo de mi gran felicidad: el matrimonio. Sentí necesidad de gritarlo, de hacerle saber a esas personas que no necesariamente tiene que ser así; que ellos podían ser felices en su matrimonio; que requería aprender el cómo; que el matrimonio sí daba felicidad, para eso fuimos creados. Pero también sentí deseos de decirles que esa realidad, que a veces viven muchos, muy mal podría llamarse matrimonio, mucho menos felicidad”.
“Renovación Conyugal no fue tampoco un milagrito que cambió nuestras realidades de vida de la noche a la mañana, pero sí abrió ante nuestros ojos las puertas hacia un mundo inexplorado por nosotros: el mundo del amor sin egoísmos, de la generosidad sin límites, de la comprensión aun en el dolor, de un dar sin exigir. Que por esos misterios de la vida, es en ese dar que recibimos y es en ese dar que encontramos felicidad; felicidad que recibimos de ese otro ser a quien hemos entregado sin condiciones lo único que realmente poseemos: nuestro cuerpo, nuestro yo”.
“Ese mundo inexplorado lo recorremos día a día a través de la comunicación, que no es verbalizar, sino un compartir de sentimientos, donde no tengo temor de desnudarme ante el otro. ¿Ven entonces por qué sentí deseos de gritar en ese momento? Porque pienso que a veces nos conformamos con una vida mediocre por no buscar, indagar o luchar.
En una de sus conferencias Víctor Frankel, afamado psiquiatra vienés, afirmó que era importante salir de nosotros mismos y llegar hacia los demás a través del amor, uno de los grandes significados de la vida. En el matrimonio, a través del amor, encontramos felicidad. “Busca y lucha por ello”.
P. Jorge Ambert, SJ
Para El Visitante



