Los que deseamos vivir de acuerdo con las normas de nuestra moral católica no salimos de asombro ante la conducta de muchos jóvenes.  ¡Y jóvenes con supuesta educación católica, pues vienen de colegios o familias practicantes!  Con mucha facilidad, y como el que ‘eso es lo que va’, deciden convivir como pareja; el noviazgo parece que es para eso.  Ya en nuestra sociedad, al parecer, hay tres tipos de parejas: novios, casados y marinovios.  O también “amigos con privilegios”.  Nuestros abuelos convivían, porque eran pobres e incultos; hoy conviven porque son PH de la Upi.

Supongo que nuestros casados, los comprometidos en acompañar parejas en sus crisis, los que han crecido tanto espiritual y humanamente en su forma de entender la consagración matrimonial, sufrirán al ver que sus hijos no aceptan su moral, sus valores de fe.  Nuestra moral (no he oído lo contrario) es clara.  Toda búsqueda del placer sexual, venéreo, fuera del compromiso matrimonial bendecido, es materia de grave desorden.  Vivir la vida marital conviviendo sin el compromiso y bendición del sacramento es situación de pecado.  Los que conviven de esta manera están viviendo en estado de pecado…

Parece que no es fácil entender y vivir estos valores, pues algunos ya lo han convertido como un paso lógico en esa relación incipiente. En nuestros talleres de novios lo raro sería que ninguno ya esté conviviendo y ahora quieren casarse…  En las bodas judías primero era el compromiso comunitario. Luego venía la procesión para acompañar al novio a la convivencia del nuevo hogar.  Nosotros hacemos al revés.  En eso obramos como una tribu de cultura africana en que los padres envían a la nueva pareja a convivir.  Si luego los padres se convencen de que la pareja empata bien, los casan.  Pero nosotros no pertenecemos a esa tribu que, por supuesto, complica la evangelización del misionero al bautizarlos.

Los primeros cristianos participaban, como cualquier ciudadano, en aquella sociedad pagana, plagada da dioses de conducta inmoral y conductas degradantes. A ellos San Pablo les recordaba ser luz. ¡La pena es que los paganos modernos son bautizados!   “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias.  Porque sabéis esto, que ningún fornicario ni inmundo… tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios… Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. (Ef 5:3-8)”

Sin duda, debemos ser pacientes en el proceso de asimilar los ideales de santidad que postula el bautismo.  La debilidad humana siempre estará presente y también nuestra benignidad, comprensión y perdón.  En el proceso de aprendizaje los jóvenes pasarán por la experiencia del hijo prodigo: querer decidir de su vida como les da la gana, considerar a Bad Bunny como el exitoso que triunfa con palabras soeces y gana millones.  El hijo prodigo aprendió, al toparse con la miseria y el hambre, que no había mejor lugar para el que la casa paterna.  Porque decía San Agustín “Lejos del padre y de la patria, termina uno cuidando cerdos”. El muchacho aprendió, dándose contra el seto, que el seto es duro.  Pero no podemos aceptar que el seto sea blando, o como la pared acolchonada que tapiza la celda de los locos.  Lo que es feo e indigno lo será siempre, aunque no esté de moda.  La mona, aunque se vista de seda siempre será mona.  La santidad de la entrega sexual, y los valores cristianos del matrimonio, que se vive como consagración a Dios creando amor conyugal, debe seguir de pie.  Los huracanes, es verdad, destruyen.  Pero es muy triste contentarse con vivir toda la vida bajo un toldo azul de Fema.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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