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En el libro del Profeta Isaías, Dios escoge a un pagano, a un no-judío, para demostrarle al pueblo de Israel no solamente que la salvación puede venir de afuera, sino que Dios es el dios de todos los pueblos de la Tierra.

La primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses es el libro más antiguo del Nuevo Testamento, la primera carta que escribió San Pablo. Esta pequeña comunidad cristiana, pese a las vicisitudes por las que pasaba, era una comunidad cristiana ejemplar.

San Mateo nos presenta un pasaje harto conocido por nosotros, el Tributo del César. No nos enfoquemos tanto en lo que este pasaje respecta a la política, que nos olvidamos de lo que verdaderamente Jesús nos quiere enseñar.

Después de haber estado cuatro semanas meditando sobre la Carta de San Pablo a los Filipenses, ahora nos toca meditar sobre la primera Carta a los cristianos de Tesalónica. Esta Carta, San Pablo la escribe una comunidad que es completamente distinta a la de Corinto.  Mientras que la Iglesia de Corinto era una de las comunidades cristianas más grande que San Pablo había fundado, la de Tesalónica era una de las más pequeñas y, mientras que la primera Carta a los Corintios era una carta llena de regaños a esta comunidad por sus divisiones, la de los Tesalonicenses era una de elogios a esta comunidad pequeña, hostigada pero fiel.

Isaías es el profeta de la universalidad de la salvación. No se cansa de recordarle al pueblo de Israel que la salvación no sería exclusivamente para ella, sino que estaba abierta a todos los pueblos de la Tierra, puesto que Dios es el único Dios, el Dios de toda la Creación, el Dios de todos los pueblos de la Tierra. En este pasaje Isaías le recuerda a Israel que, cuando era prisionera de Babilonia, Dios suscita a Ciro de Persia para salvarla. Dios suscitó un poder del extranjero para salvar a Israel, pero en tiempos de Jesucristo, el poder extranjero era un poder opresor. A lo que venimos con el Evangelio.

Una cosa no podemos perder de vista: en el momento en que Jesucristo entró triunfante a Jerusalén, estuvo rodeado de enemigos y complots para acabar con Él. En semanas pasadas, en las Parábolas de la Viña, Jesucristo les deja ver a sus enemigos que estaba consciente de que ellos lo iban a matar. Este episodio de hoy fue un intento para descreditar a Jesucristo y buscar matarlo: si decía que era lícito, el pueblo lo podría linchar; si era ilícito, el gobierno del Imperio Romano lo podría ejecutar. Pero Jesucristo vino con la respuesta estupenda que se convirtió en parte de nuestro acervo cultural-religioso.

Nos enfocamos en utilizarlas para esgrimir el principio de separación Iglesia-Estado, que pasamos por alto lo que Jesús realmente nos quiere decir. Nos enfocamos tanto en lo que no debemos de mezclar religión con política que se nos olvida que a Dios le tenemos que darle lo que a Dios le pertenece: le mejor de nosotros. Nuestra alma, nuestras familias, nuestro ser, lo que más amamos, todo eso le pertenece a Dios y a Dios hay que entregárselo para que vivamos en esa armonía que sólo Él nos puede dar.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante

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