Cuando lo veo en el altar, pienso en aquella niña que quiso ser monja 

Cuando Iris Noelia Rosado Santiago habla de su hijo, el Padre Rodney Algarín, su voz se llena de orgullo, amor y una profunda reverencia. Para ella, la maternidad y la fe siempre han estado entrelazadas, y ver a su hijo abrazar la vocación sacerdotal es un testimonio vivo de las semillas de fe que sembró desde su infancia. 

“Es mi hijo, pero también es sacerdote”, dice con un brillo en los ojos. “Hay momentos en que lo abrazo como madre, y otros en que le pido la bendición como sacerdote. Es un balance hermoso, aunque a veces difícil, porque uno nunca deja de ser mamá.” 

La historia de Iris Noelia es también la historia de una mujer forjada en la fe desde pequeña. Criada en Cuchillas de Corozal, recuerda una infancia marcada por la sencillez y el sacrificio: buscar agua al río, sembrar en la finca, y ver a su madre, una mujer de profunda religiosidad, reunir a sus hijos todas las noches para rezar. “A las siete de la noche, en casa se rezaba. Mi mamá parecía una gallinita con todos sus pollitos de la mano, llevándonos a misa, aunque la iglesia quedaba lejos. Nunca dejó que nos apartáramos de la fe, aunque papi no participaba”, relata. 

Ese amor por la Iglesia despertó en ella, siendo joven, un deseo de consagrarse como religiosa. “Le dije a mami que quería ser monja, pero ella me respondió que me necesitaba más a su lado que en el convento, porque yo era quien la protegía”, comparte entre risas y nostalgia. La vida la llevó por otro camino: se convirtió en catequista, misionera de su comunidad y voluntaria incansable, dedicando su tiempo a enseñar la fe a otros, mientras formaba su propio hogar. 

Cuando su hijo el Padre Rodney comenzó a manifestar inquietudes vocacionales, Iris Noelia no se sorprendió. Desde niño, lo llevaba consigo a las actividades parroquiales, a las visitas a los enfermos, y a los rezos comunitarios. “Siempre estaba cerca de la Iglesia. Cuando me dijo que quería ser sacerdote, le dije que, si Dios lo había escogido, yo no iba a oponerme. Yo lo entregué desde el vientre, y ahora solo podía apoyarlo y orar por él”, confiesa. 

Pero acompañar la vocación sacerdotal de un hijo no es tarea sencilla. “Uno sufre en silencio”, admite. “Hay momentos en que quisiera tenerlo más tiempo, como cualquier madre, pero entiendo que su tiempo ahora es del pueblo de Dios. Lo comparto con las comunidades donde él sirve, y me llena de alegría ver cómo lo quieren y lo respetan.” Iris Noelia no solo lo acompaña espiritualmente; también se hace presente en las comunidades parroquiales donde su hijo ejerce su ministerio. Participa de las actividades y se integra a los grupos pastorales esta vez apoyando desde una nueva perspectiva: la de madre de un sacerdote. 

“Ser madre de un sacerdote es una bendición, pero también una gran responsabilidad. Yo rezo todos los días por su fidelidad, por su entrega, y por su salud. Le pido a Dios que siempre lo mantenga firme, y que nunca pierda la humildad ni la alegría del servicio”, expresa. Aunque confiesa que en ocasiones le preocupan las críticas y los retos que enfrenta la Iglesia, Iris Noelia afirma que su fe se fortalece cada día. “A veces veo cómo dentro de la misma Iglesia hay divisiones, críticas… y yo solo digo: no podemos matar a Jesús con nuestras palabras. Tenemos que vivir el amor y la misericordia que Él nos enseñó”, reflexiona. 

Hoy, Iris Noelia sigue siendo esa “gallinita” que arropa con amor no solo a su hijo, sino a toda una comunidad de fe. “Donde el Padre Rodney esté, allí estoy yo, aunque sea en oración. Porque él no dejó de ser mi hijo cuando se convirtió en sacerdote. Solo que ahora, es hijo mío… y de toda la Iglesia”, dice con ternura. 

Mientras recuerda su camino, desde los días de infancia sencilla hasta este momento de gozo, Iris Noelia reconoce que su mayor legado es haber transmitido la fe con su ejemplo. “No hay mayor orgullo para mí que verlo celebrar la misa, que verlo entregar su vida al pueblo. Yo sé que no es perfecto, como ninguno de nosotros lo somos, pero sé que está haciendo la voluntad de Dios.” 

En el corazón de esta madre, el amor filial y el amor por la vocación sacerdotal de su hijo coexisten con humildad y gratitud. Su historia es una inspiración para todas las madres que, como ella, han entregado sus hijos al servicio de Dios, confiando plenamente en que esa entrega es también una expresión de su propia fe. 

“Cuando lo veo en el altar, pienso en aquella niña que quiso ser monja, y me doy cuenta de que, al final, Dios sí cumplió su plan conmigo… solo que lo hizo a través de mi hijo.” 

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