Un grupo de amigos acompañamos a una compañera, de origen vietnamita, a encontrarse con su madre en Vietnam después de 40 años sin saber siquiera que vivía. El encuentro fue impactante: la ochentona anciana llorando de alegría, porque su oración al Buda había sido oída, y nosotros admirados del abrazo que cruza las barreras del idioma. Luego al presentarnos nosotros, el primero en presentarse fue el esposo de la compañera y la viejita con en el poco inglés que aprendió de su soldado americano, le decía a su hija, apuntando al marido, number one. La sabiduría oriental se asomaba a sus labios.

En el contrato matrimonial -mucho más si es sacramento- los cónyuges se juran entrega y lealtad total. Como dice la copla: “Si me das el corazón, sabes que lo quiero entero, y si me das un poquito, déjalo que no lo quiero”. Es una entrega no de algo, por más concreto que se dibuje, sino de una persona. Una entrega que se abre al ideal de llegar a ser una nueva realidad surgida de dos diferencias. Como es la aleación: dos metales producen un nuevo metal con propiedades nuevas. Y esa lealtad y entrega supone que, para cada cónyuge, el otro o la otra es lo primero.

Subraya con letra roja este concepto: el otro es primero. Al analizar el adulterio, la mente se va a la escena de entrega sexual de dos seres que juraron lealtad de cuerpos el uno al otro. Pero ese concepto es superficial. Se queda en el don del sexo. La lealtad supone el don de las personas, la entrega de mi afectividad fuerzas emocionales a mi cónyuge con prioridad. En este sentido la primera consideración al emprender una relación humana, actividad, etc., es si tal cosa desplaza emocionalmente mi corazón de mi cónyuge. Le he dado al otro/a la prioridad emocional. En ese sentido, si algo fuera desplaza a mi cónyuge emocionalmente, ya estoy en un adulterio.

El Señor en el sermón del monte lo expresa de otra manera: se dijo “no adulterarás, pero si miras con deseo a otra persona…”. Y nosotros añadimos: no es solo el deseo sexual de otro u otra, sino el poner a esa otra cosa o persona por encima de lo que mi cónyuge desea y aprueba.  Porque el cónyuge es number one. No estamos diciendo que la única realidad en mi vida es el cónyuge. No. Hay un dos, un tres, etc. Pero, no me desplaces el uno de su lugar.

Puede entrar la confusión, o el engaño, de muchas maneras. Y el mal espíritu se aprovecha de todo para poner zancadillas. No olvidemos que ‘diablo’ significa, “el que hace tropezar”. Una aplicación más concreta de este pensamiento es el tener amistades. Las amistades son buenas, son necesarias, son complementarias. Pero si es una amistad que oculto a mi cónyuge, ya va por ahí el diablo. Si es alguien cuya amistad valoro más que mi cónyuge, llegó el diablo. Yo añadiría más aún: si esa amistad, o relación humana, tiene para ti más valor que tu propio cónyuge, ya llegó el diablo. Si esa amistad produce en tu cónyuge (con razón o sin razón) inquietud, ira, reconvenciones, peleas, envidias, ya llegó el diablo.

Podría contar de personas amigas que se precipitaron en este engaño incluso defendiendo lo bueno de sus acciones. No se trata de discutir si esa relación es buena realmente. Se trata de preguntarse ¿produce inquietud en mi cónyuge? Pues hay que cortar, o al menos aplazar, en lo que el cónyuge herido lo pueda ver, o participar, de forma diferente. Porque el UNO es mi cónyuge. Luego viene el dos, o el tres… Es muy posible, y reconozco que sucede, que el cónyuge piensa mal, o reacciona así por sus desconciertos emocionales. Ahora no se trata de analizar eso. El cónyuge es la medida para poner murallas, incluso si fuera porque empleas mucho tiempo en tu oración personal, o el apostolado en tu parroquia. Tu primera misión es tu cónyuge y tu familia. Tu misión cristiana al casarte fue de formar una familia. Casos tristes he visto que empezaron de supuesta buena voluntad y acabaron en lo que ya no podían negar que era adulterio completito, con motel y todo. Ojo al pillo, y al diablo.

(P. Jorge Ambert, SJ)

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