La paz es una aspiración de todas las naciones, de todos los tiempos, de todas las culturas. Conseguirla debería ser un empeño de carácter universal, sin embargo, la realidad que vivimos contrasta con esta aspiración. El pasado siglo dejó una cifra de 110 millones de víctimas fatales producto de dos guerras mundiales, la Guerra de Corea, la Guerra Fría y enfrentamientos civiles en Camboya, Nigeria, Vietnam, Sudán, Rusia, Armenia, España, Ruanda, luchas entre musulmanes  e hindúes en la India, entre otros conflictos nacionales, mayormente por motivos étnicos. Este cuadro no resulta nada alentador y refleja la poca capacidad de los grupos humanos de resolver sus disputas por medios pacíficos.

En un estudio presentado por Vicenç Fisas, director de la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona (2011), se menciona que en el Siglo XXI existen 30 conflictos armados, 10 de estos en el continente africano, 12 en Asia, 1 en América, 3 en el Medio Oriente y 4 en Europa. Todos los conflictos, a excepción de la disputa entre Israel y Palestina, son internos. Algunos se han internacionalizado por la intervención de otros países. Este es el caso de la recién invasión a fábricas de armas químicas en Siria, por parte de Estados Unidos, Reino Unido y Francia.

Los conflictos armados del mundo actual se caracterizan por la lucha contra guerrillas o milicias, cuya estrategia incluye tácticas como la mutilación a civiles, violaciones masivas, ejecución de prisioneros, saqueo de aldeas y actos de terrorismo dirigidos a la población civil. El resultado de estos provoca un grave daño ambiental y saqueo de los recursos naturales de los países, con el objetivo de financiar las actividades bélicas. Como resultado de estos conflictos se afectan  millones de  inocentes que sufren por la pobreza y a los que se les niega el derecho humano a vivir en paz.

La Doctrina Social de la Iglesia es muy enfática en establecer que toda guerra de agresión es intrínsecamente inmoral. Como respuesta a estos actos, es lícito el uso de la fuerza como defensa solo bajo las siguientes condiciones: que el daño causado por el agresor sea duradero, grave y cierto; que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado ineficaces; y que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar (Compendio de Doctrina Social 500).

La legitimidad de una guerra de defensa está vinculada al deber de proteger y ayudar a las víctimas inocentes que no pueden defenderse de la agresión. Dentro de este contexto es que se hace necesaria la ayuda humanitaria de otras naciones y organismos internacionales. Como parte de esta asistencia se pueden establecer acuerdos para acoger como refugiados a las víctimas inocentes de países en conflicto y establecer sanciones con el objetivo de abrir paso a la negociación y el diálogo.

La Doctrina Social de la Iglesia reconoce que, si todos los medios a la disposición de la Comunidad Internacional resultasen inefectivos, la comunidad internacional puede emprender legítimamente iniciativas para desarmar al agresor. Se favorece la negociación del desarme y la  intervención de un Tribunal Penal Internacional para castigar a los responsables de actos particularmente graves (CDS 506). No se legitima lograr el desarme por medios bélicos a menos que el daño enfrentado sea grave, cierto, duradero y que no existan canales de negociación.

La guerra siempre ha de verse como un fracaso de la paz. San Pablo VI define a la guerra como “el fracaso de todo auténtico humanismo” (Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 1965). Nuestro llamado, como cristianos, es a luchar por la paz mundial con la oración. La oración litúrgica en la celebración de la Eucaristía es “el manantial inagotable de todo auténtico compromiso cristiano por la paz” (CDS 520).

Nélida Hernández

(Puede enviar sus cometarios a nuestro correo electrónico: casa.doctrinasocial@gmail.com)

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here