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Todavía resuenan en nuestra memoria aquellas palabras luminosas del Papa San Pablo VI: “La Iglesia existe para evangelizar, su razón de ser es anunciar el Evangelio”. Proclama Jesús al comenzar su ministerio: “Ha llegado a ustedes el Reino de Dios”. Él concentra en sí mismo el Reino de Dios.

La crisis religiosa actual lo invade todo, o parece invadirlo todo. Nosotros mismos en nuestras parroquias, comunidades, grupos, nos lamentamos que el Reino de Dios camina a lentos pasos… Que cada vez son menos los que participan en la misa, que la gente no responde, decimos. Me gusta pensar que los tiempos de Jesús no fueron mejores que los actuales. Además, Él estaba solo, ¿lo has pensado alguna vez?

Pero, ¿qué es lo que hizo Jesús? Poner el amor compasivo en el corazón del mundo, en el corazón de la gente. ¿Estamos nosotros actualizando sus gestos, acciones del Reino de Dios, aquí y ahora? De eso se trata. Pongamos atención a lo que en una entrevista dijo el Papa Francisco: “Veo con claridad que lo que necesita la Iglesia hoy es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones, cercanía y proximidad… Hacernos cargo de las personas, acompañarlas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela al prójimo”.

El hombre de nuestro tiempo necesita una luz que ilumine su camino, y que solo el encuentro con Jesús y la fuerza del Espíritu puede darle. “Cristo siempre puede, con su verdad, renovar nuestra vida y romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo”, (EN, 11).

Después de la Pascua le sigue el tiempo de la Iglesia, nuestro tiempo. Pido prestadas unas palabras al fraile Raniero Cantalamessa para no enredar este pensamiento: “Este es el tiempo de la Iglesia. Jesús no es el anunciador, sino el anunciado. La palabra “Evangelio” no significa ya la buena noticia traída por Jesús, sino la buena noticia sobre Jesús y, en particular, su Muerte y Resurrección. Esto es lo que significa siempre, para San Pablo, la palabra Evangelio. Este fue el anuncio inicial de la Iglesia y que podemos resumir: Jesús es el Señor”.

El éxito de la misión evangelizadora no viene del exterior sino del interior, de la fuerza del Espíritu que está en el Pueblo de Dios como lo ha expresado recientemente el Sínodo de la Sinodalidad. Depende de la fe que se logre crear en la Iglesia, tras los mismos evangelizadores.

Este es el momento del Espíritu, de la Iglesia, el momento de cada cristiano que es por definición misionero y evangelizador. ¡Cómo debemos tener presente el episodio de Pablo en el Areópago de Atenas! El aparente fracaso de apóstol de las gentes, no dañó su confianza en el mensaje, antes bien dirá́; “Yo no me avergüenzo del Evangelio porque es el poder de Dios para todos los que creen”.

Leemos en el evangelio de Lucas: “Cada árbol se conoce por su fruto”, (Lc 6, 44). Me llamó la atención la interpretación de un autor moderno: “Esto vale para todos los árboles, excepto para el que nació de él, el cristianismo. Este único árbol no se conoce por el fruto, sino por la raíz, y esa raíz es el mismo Jesús”.

Debemos sacudirnos de todo sentido de impotencia y resignación. La tarea práctica que la parábola de la simiente nos asigna es sembrar, sembrar y sembrar. Como dice la canción del recordado Tony Croatto: Con mi voz llamando a siembra y con mi brazo a sembrar…

P. Juan Martínez Ruíz, Salesiano 

Para El Visitante