El ser humano es capaz de conocerse a sí mismo y reflexionar sobre su entorno, llegando a hacerse preguntas trascendentales: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es mi propósito? Esa capacidad de reflexión le lleva a interpretar su realidad y lo mueve a transformarla. Por medio de esta capacidad, todos los hombres de buena voluntad, independiente de sus creencias religiosas, pueden llegar a comprender su compromiso social y la urgencia de construir un orden moral afín con el desarrollo integral del ser humano. Pero para los cristianos, a la luz de la Fe, este compromiso se convierte en un imperativo.

La Doctrina Social de la Iglesia: “Tiene una profunda unidad, que brota de la Fe en una salvación integral, de la esperanza en una justicia plena, de la Caridad que hace verdaderamente hermanos a todos los hombres en Cristo, es una expresión del Amor de Dios por el mundo”. Precisamente porque la Doctrina Social es fruto de la Fe, es que su enseñanza y difusión forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. “El amor cristiano impulsa a la demanda, a la propuesta y al compromiso con proyección cultural y social, a una laboriosidad eficaz, que apremia a cuantos sienten en su corazón una sincera preocupación por la suerte del hombre a ofrecer su propia contribución” (Compendio de Doctrina Social 3, 6).

San Juan en su Evangelio, nos dice que Jesús es la Palabra de Dios y de esta forma resume magistralmente la Fe del cristiano. Presenta a Jesús como Dios, Creador, dador de vida, que vino a la Tierra para vivir entre la humanidad. En respuesta a los hechos que San Juan narra en su Evangelio, los lectores están llamados a creer en Jesús como Dios y hombre verdadero: “Jesús hizo muchas otras señales milagrosas en presencia de sus discípulos, las cuales no están registradas en este libro. Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida” (Jn 20, 30-21).

La fe amplía la perspectiva de nuestro propio conocimiento, ilumina nuestro caminar, nos abre a la trascendencia y nos permite develar la verdad sobre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Se convierte en compromiso firme por hacer realidad los designios de Dios y se manifiesta en nuestro quehacer diario. La fe, sin embargo, no es resultado del esfuerzo propio, sino un don de Dios, que se nos ofrece a todos. En el Evangelio de San Marcos (8, 27-35) vemos cómo San Pedro, a la pregunta de Jesús: “¿Y ustedes, quiénes dicen que soy?”, responde sin dudas: “Tú eres el Mesías”. En ese momento Jesús le replica: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan!, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en los Cielos”. Ese momento de revelación que tuvo Pedro es  la fe, como regalo de Dios.

Recibir la fe, como don, exige una apertura del hombre a la Palabra y una respuesta, que lejos de fundamentarse en lo irracional, nace de la razón misma. Creemos en Cristo porque nos manifestó plenamente, a través de sus milagros, la coherencia de sus enseñanzas, su ejemplo de vida y la manifestación del Espíritu en su Iglesia, que es Dios, y reconocemos que: “vino a traer la salvación integral, que abarca al mundo entero y a todos los hombres, abriéndoles admirables horizontes de la filiación divina” (Redemptoris Missio 11). Alimentado por la fe, el cristiano asume el compromiso de “amarse unos a otros, como Él nos ha amado” (Jn 13, 34), de forma que “se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia” (Gaudium et Spes, 30). La Doctrina Social de la Iglesia nos exhorta a vivir, en los ámbitos de la economía, del trabajo, de la técnica y la comunicación, de la sociedad y la política, de la comunidad internacional y de las relaciones entre las culturas y los pueblos, de manera  coherente nuestra fe.

(Nélida Hernández | Consejo Acción Social Arquidiocesano)

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