La contemplación es una acción de recogimiento espiritual. Es una forma de orar, una visión desde lo externo hasta el interior, que nos serena y nos conecta a una realidad de paz, a una alegría que nace del espíritu. Hoy te invito a orar, a contemplar tu entorno, tu vida. Apártate de todo, busca en tu interior. Recorre dentro de ti aquellos acontecimientos que han llenado tu vida de fe, fuerza y satisfacción. Medita, observa, contempla a tu familia, detente un momento, piensa en los menos afortunados, los que sufren. Contempla la naturaleza, una flor, un retoño, un ave y todo lo creado por Dios y verás su belleza interna. El contemplar nos eleva al más allá, a la profundidad de tu ser, a la divinidad, allí donde nadie puede entrar, solo Dios. Y pregúntate a ti mismo: “¿He tenido presente a Dios en mi realidad de vida? ¿He visto la mano de Dios obrando en mí? ¿O solo contemplo a Jesús en los momentos de dolor y dificultad?

No cabe duda, que en cada momento de nuestra vida, Dios se hace presente. Lo que sí depende de ti y de mi, es creerlo, es sentirlo y comunicarlo. Para entrar en ese espacio de contemplación, tenemos que abrirnos al espíritu de Dios. Pensarlo, vivirlo. No es decir “yo creo en Dios” es afirmarlo, reconocerlo, es dar testimonio. Hay tanto dolor, desesperación, vacíos, desinterés, que muchas veces nos olvidamos de contemplar aquello que tenemos por gracia de Dios y nos olvidamos del gran valor de existir.

Contemplemos a Jesús. Verás que al contemplarle provocará en ti una paz interior y una fuerza sobrenatural que te mantendrá con ánimo y energía y podrás enfrentar distintas batallas. Fijemos nuestros ojos en Jesús y no permitirá que nos ahoguemos en las aguas de los problemas y las dificultades.

 “Oh Jesús que tu pureza nos envuelva e iluminados por tu rostro lleno de amor seamos fieles a tu voluntad y proclamemos el mensaje de la paz”. Amén.

(Olga L. Aldea Delgado)

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