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Mons. Roberto O. González Nieves, ofm

Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico

Queridos hermanos y hermanas: ¡Felices Pascuas de Resurrección! Hoy con gran alegría y renovada esperanza acogemos la gloriosa noticia de la Resurrección del Señor Jesús. Hoy resuenan en nuestras tres islas, sus seis diócesis, sus parroquias, capillas y conventos, capellanías, la noticia siempre alegre, siempre nueva, siempre esperanzadora de que el Señor se ha levantado de su tumba y vive entre nosotros.

El Señor resucitado camina entre su pueblo y lo saluda y bendice con su paz. Ese deseo de paz desde entonces no ha dejado de salir de sus labios y hoy más que nunca nos toca oírlo con el oído del corazón. Celebrar la resurrección de Cristo es hacernos partícipes de ese deseo de paz. Una paz que urge en Puerto Rico ante tanta violencia: contra las mujeres, contra los menores, contra los adultos vulnerables, contra las niñas y los niños en el vientre materno, contra las familias atrapadas en la pobreza; esa paz que trae el Resucitado urge también en el Caribe, en la hermana nación haitiana envuelta en una guerra fratricida. Oramos para que ellos vivan su nueva Pascua, su paso de la violencia a la paz. 

En su Pascua de la resurrección el Señor nos invita al paso del miedo a la valentía, de la muerte a la vida, del pecado a la gracia de la división a la comunión, de la desesperación a la confianza. ¡Que la paz de Jesús Resucitado sea nuestra fuerza!

Padre Obispo Rubén A. González Medina, cmf

Obispo de la Diócesis de Ponce

Hoy es un día, sin final, embellecido por el encuentro con el Resucitado. La Pascua es la fiesta del Viviente y de la vida. El amor de Jesús ha vencido al odio, la vida ha vencido a la muerte. Jesús resucitado purifica al mundo. Hoy el Padre se alegra y nos invita a entrar en el gozo del Señor resucitado. María, la Señora de la alegría, comparte con nosotros su gozo. 

Queridos hermanos y hermanas, la muerte no ha interrumpido la historia, sino que la ha transformado. Jesús, con sus heridas nos han curado, ya no está en el sepulcro, está en el corazón de la vida. Nosotros, guiados por el Espíritu, sabemos dónde se ha puesto: donde dos o más están reunidos en su nombre allí está Él presente. Su resurrección reclama la nuestra. Su ternura acaricia toda herida y la sana. Su misericordia nos abraza. Celebremos con gozo la Pascua, Jesús, ha vencido la muerte, y nosotros con Él y por el un día también la venceremos. ¡Santa Pascua para todos!  

Mons. Alberto Arturo Figueroa Morales

Obispo de la Diócesis de Arecibo

Hace siglos los cristianos ideamos una manera muy práctica para ir haciendo desaparecer viejas fiestas paganas y convertirlas en cristianas. Ya lo habían hecho los judíos dándole significado histórico a antiguas celebraciones agrícolas, como la siembra, la cosecha o el inicio de la primavera. 

Pero el paganismo se resiste a morir con facilidad y nos ha devuelto el “favor”, paganizando fiestas de origen cristiano o repaganizando algunas que ya considerábamos plenamente cristianas. Ha pasado con la Navidad, y hasta con nuestra fiesta por excelencia, LA PASCUA que, heredada del judaísmo, significa la liberación de la esclavitud del pecado en virtud de la sangre del verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Actualmente conejos y huevos de chocolate pretenden despojar de su sentido religioso a esta fiesta de las fiestas. Debemos rechazar con firmeza este nuevo intento de acabar con nuestras costumbres cristianas sacrificándolas al falso dios del consumismo desenfrenado. Por eso es muy importante no separar la Pascua de la Pasión. El misterio de la cruz, tan poco apetecido, es difícil de falsificar y el paganismo le tiene una aversión natural. Por eso además de felicitarlos en esta Solemnidad, les pido que recordemos que el largo tiempo pascual no es tiempo para coger vacaciones de la cuaresma, sino el más bello dentro del calendario litúrgico que da sentido a todo. ¡Felices Pascuas! 

Mons. Eusebio Ramos Morales

Obispo de la Diócesis de Caguas

“Subo a mi Padre, que es el Padre de ustedes, y a mi Dios, que es el Dios de ustedes”.

¡Felicidades y bendiciones para todos, pueblo de Dios! Celebramos la Pascua, la

resurrección de Cristo, que se ha levantado de la muerte para vencerla y abrirnos las puertas de la eternidad. El Crucificado vence la muerte y el pecado y nos llama a vivir, a ser libres de ataduras y esclavitudes por medio del perdón y la misericordia del Padre. Demos gracias y acojamos esa Buena Noticia, pero, llenos de fe, esperanza caridad. Entremos con alegría a este misterio de salvación y caminemos fraternalmente, pues, en Cristo somos hijos de Dios Padre y hermanos todos.

Esta celebración pascual nos llama a redescubrir nuestra fe bautismal para caminar

juntos hacia una vida nueva. Caminar como familia, hijos de Dios y hermanos todos, para vencer los egoísmos e individualismos que dañan las relaciones humanas, superar la ola de violencia que arrebata la vida que es don de Dios Padre, y disponernos a amarnos y a respetarnos, día a día. ¡Somos Pueblo de Dios como bautizados, somos Cuerpo de Cristo como Iglesia Pascual, somos Templo del Espíritu Santo renacidos en Cristo Resucitado!

Afirmemos esa identidad cristiana, llenémonos de paz y de alegría, y construyamos

familias nuevas, comunidades y sociedad nuevas; un país nuevo, un pueblo nuevo.

Atrevámonos a cargar a este pueblo sobre nuestros hombros, pero, con corazones

nuevos renacidos en Cristo, sanados por su amor y el perdón de Dios Padre.

¡CAMINEMOS JUNTOS COMO IGLESIA SINODAL MISIONERA! ¡A

LEVANTARNOS Y A CAMINAR COMO IGLESIA EN SALIDA! ¡CRISTO HA

RESUCITADO Y NOS HA LEVANTADO DE LA MUERTE Y DEL PECADO!

¡FELICIDADES EN LA PASCUA DEL SEÑOR!

Mons. Ángel Luis Ríos Matos

Obispo de la Diócesis de Mayagüez

Nuestro Beato boricua, Carlos Manuel Rodríguez, un 13 de julio de 1963, se abrazó a la muerte mientras escuchaba, de labios de su hermano, las Palabras del Pregón Pascual. La Pascua Cristo fue su interés, su ilusión, su alegría: “Muerto el que es la vida, triunfante se levanta”.

En este Domingo de Resurrección hagamos nuestra esa alegría, esa esperanza, ese fervor y deseo por la Vida. Hoy es la Fiesta de los Hijos de Dios, la fiesta de los que nos hemos negado a ser cautivos del dolor y del sufrimiento y nos hemos abrazado al dolor y al sufrimiento de Cristo como camino, semilla y germen de Vida y Salvación. Hoy celebramos que ¡Cristo Vive!, y con Él vivimos nosotros.  ¡A su nombre sea la Gloria! ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Mons. Luis Francisco Miranda Rivera, O. Carm

Obispo de la Diócesis de Fajardo-Humacao

Queridos hermanos y hermanas en Cristo resucitado: En este tiempo de Pascua 2024, con el corazón rebosante de alegría, les extiendo mi más cálido saludo. La Resurrección de nuestro Señor es el fundamento de nuestra fe, la luz en nuestro camino y la promesa de nuestra propia resurrección. Desde la Diócesis de Fajardo-Humacao, los invito a vivir este tiempo como una renovación de nuestra fe, esperanza y amor a ejemplo de María Santísima. 

Este año, dejemos que el mensaje pascual de renovación y vida nueva penetre profundamente en nuestros corazones y en nuestras comunidades eclesiales. Que la luz del Resucitado disipe las tinieblas de nuestros miedos, dudas y desesperanzas. Como discípulos misioneros, estamos llamados a ser testigos de Cristo, compartiendo el gozo del Evangelio con todos aquellos que encontramos en nuestro caminar.

Que la paz y la alegría del Resucitado se hagan presentes en cada uno de ustedes, en sus familias y en todos los rincones de nuestra amada diócesis. Que María, bajo su advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo, nos guíe siempre más cerca de su hijo.

Mons. Tomás González

Obispo Auxiliar de San Juan 

Felices Pascuas de Resurrección

 “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”.  Palabras que podremos rezar o cantar en la Secuencia de Pascua, que nos reflejan algo de los sentimientos profundos en el corazón de María Magdalena.  Doy gracias a Dios por la gran obra que realizó en esta gran mujer, siempre contando con su libertad y voluntad.  Una mujer fiel y enamorada con el proyecto de vida que trajo el Hijo del Padre.  Una mujer que cultivó el valor de la escucha, valiente, decidida, obediente a la sabiduría que Cristo le revelaba.  Una mujer que Cristo amo primero y se convirtió por designio del Redentor en testigo de la resurrección.  Una mujer Santa que intercede por nosotros, amados de Dios Uno y Trino, para que vivamos nuestra vocación a la santidad en el camino particular en el que hemos sido llamados.  Pidamos al Señor, que, por intercesión de esta hija de Dios, nuestra vida sea fecunda en amor.

Redacción 

El Visitante