Getting your Trinity Audio player ready...

Lo reconozco: no soy “animal lover”.  Tal vez por mi formación, muchos años dependiendo de otros en vida de comunidad altamente regulada. Pero tampoco soy, ni puedo ser, “animal hater”. Odiar al animal, maltratarlo (a no ser que un león se abalance sobre mí) es inhumano, mucho menos cristiano. San Francisco me miraría con mala cara. Pero, recuerdo el refrán: “es bueno el culantro, pero no tanto”. Reconozco, y lo acepto plenamente, que una mascota trae muchas bendiciones a una familia. Pienso en niños que se van formando y necesitan este contacto con la naturaleza y la protección de su mascota. Y desde luego, la anciana, viuda, sin vecinos cercanos, ni hijos con visitas a menudo… una mascota (¡que no sea una boa constrictora!) es buena compañía. Normalmente son gatos y perros. ¡Mas hay de todo en la viña del Señor! El problema es cuando se magnifica al animal como si fuese un ser humano. Y que se trate a otros seres humanos peor que a un animal. 

Me sorprende, y me molesta grandemente, que en el cuidado de un animal (los veterinarios son costosos) se esté dispuesto a gastar lo que de ninguna manera se gastaría en un necesitado.  ¡Parecería que mi mascota vale más que un haitiano o un t! Por ahí viene lo del culantro. De personas amigas y muy queridas por mí, he oído con asombro gastos de grandes cantidades en operaciones quirúrgicas, que, a mi entender, son exageradas. Ct scan, radiografías… A un animal que ya perdió todas sus potencialidades y prácticamente está como un encamado no veo por qué no ponerlo a dormir. ¡Es verdad, mis amistades me cayeron encima!

La exageración en este asunto llega al colmo como el de aquella viuda millonaria que le dejó una gran herencia a su gata, y construyó para ella un mausoleo de los que se dedican a los antiguos próceres en otros países. No quieren aplicar esa ‘eutanasia’ con el animal, pero no tendrían problema es aplicar eutanasia a un ser humano. Me extrañan también (cáiganme encima) los que hablan de los ‘derechos’ de los animales. Yo entendía que el término ‘derecho’ se aplicaba al poder de un ser humano para cumplir con sus obligaciones morales. No opino que el gato exija su derecho a escaparse de cuando en cuando, y casar ratones cuando le dé la gana. Si le ofreces comida de buenos chefs, se le olvida su obligación de ayudar al dueño contra seres dañinos.

Opino que ejemplo de la degradación de nuestra sociedad, orgullosa de tantos adelantos tecnológicos y boyantes economías, es haber llegado las jóvenes casadas a no concebir y parir hijos, porque molestan y son tareas odiosas, pero tratan a su poodle como si fuera un niño. Y se ha visto en un parque a una seria dama paseando en un carrito de bebés a su mascota. Me vi tentado a pedirle pon para mis piernas neuropáticas. Como me crié en lugares de pobreza, vi que también el pobre tenía su mascota, pero no existía Alpo para el perro, ¡no! Que se comiese las sobras, o lo que apareciese en el camino. Y amaban a su mascota que tan dócil les era.

Repito: no tengo problema con la mascota doméstica. En la legislación actual de México proponen incluir en la Constitución la prohibición del maltrato a los animales. Lo dulce es bueno pero lo mucho empalaga. Aunque quizás tengan razón los pesimistas de la vida que afirman: “si quieres tener un amigo fiel, cómprate un perro”. Una viejita del Bo Obrero tenía un patito desde muy pequeño nadando en la palangana llena de agua. Gozaba con las maromas del patito. Ese seguía creciendo y crecía en su repertorio acrobático. Un día le visitamos y no vimos al pato.  “Dónde está el pato, doña Misia, le preguntamos. ¡Ah, pues me lo comí!  Pensé que mi viejita de Bo. Obrero gozaba de fuerte salud mental.

Cómprate el perro, pero, por favor, muestra más amor a los seres humanos, aunque te traicionen. Me parece que valen más, ¿no?

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante