Sin duda la perplejidad y el agotamiento mental dan el sentido caótico de la vida. Salir del aburrimiento y la escena diaria requiere de una visión amplia, casi una disciplina especial. Cada día tiene lo suyo, pero hay que tener una amplia mirada para no caer víctima de la congoja y la tristeza apabullante.

     Pensar que la distracción adecuada es una pérdida de tiempo o un dar alas a lo prosaico y trivial es caer en la emboscada de los malos entendidos. Hay un tiempo para todo y saber festejar la vida es una intuición del paraíso perdido. Cambiar de ambiente y alumbrarse con la luz de “aquí estamos” tiene connotación de arcoíris de alegría y entusiasmo del corazón.

     Compartir y celebrar van de la mano y fomentar el bienestar mental junto al corpóreo. Aislarse y tener un no a la fiestecita familiar o de amigos es renunciar a la medicina gratis, a empobrecer la justa cercanía entre los seres humanos. Ese rechazo a lo festivo está amparado en una concepción de dudar de la alegría sana, de pensar que lo mejor es ver de lejos, no contaminarse con el mundo y sus vanidades.

     La vida sin riesgos de vivencias vecinales se torna monótona, es una pastilla que adormece que desgasta el deseo de regocijo y participación. Mirar por las celosías es una especie de escudo en contra de los demás. La crítica constante de la alegría juvenil por los rieles de lo negativo, de que todo es malo, de que esos muchachos están perdidos. 

     Cuando el mal acecha y la situación social se torna preocupante, nada mejor que ver el otro lado de la moneda, sin irrumpir en la exageración y los desequilibrios económicos. Tener se ha convertido en una muestra de felicidad instantánea, en una alegría ensimismada que no fluye porque está incrustada en la materia. Dar de uno mismo y crear los espacios limpios para fomentar la armonía será siempre una algarabía de la mente y del corazón.

     Perderse en mil explicaciones para no celebrar hace hincapié en un malentendido sobre el momento histórico que exige una mirada compasiva sobre los demás. Celebrar la vida familiar y vecinal incluye desde una sonrisa hasta una palabra reivindicadora de la lejanía y distancia y categoría.  Siempre que se habla desde el corazón no importa la distancia o el encerramiento, la verdadera amistad saldrá al flote.

     Es necesario cuidar los sentimientos, fomentar la dulce palabra, abrir caminos de fraternidad. En medio de las circunstancias se puede mantener la ruta de la fe que es brújula para ver más allá. Quedarse entretejiendo pesares y sufrimiento resulta en llanto y sufrimiento.

     Hacer de la vida una celebración de fe y esperanza es equilibrar la virtud y hacer buen uso de la compañía amorosa de los demás. No es bueno pactar por la soledad, es necesario caminar hacia la compañía buena y justa.

P. Efraín Zabala

Para El Visitante

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