¡Ha resucitado! Es un grito de dimensiones globales que pone tensión sobre nuestras vidas para hacer de este Valle de Lágrimas un proyecto de amor y de esperanza. La muerte quedó atrás como un aguijón, la vida amplia como un camino expedito. Morir en una cruz, entre amenazas y coloquios ofensivos, imponía el fracaso como salario a una proyección de luz viva, a una entrega virtuosa.

Vivimos para esa noche, acentuó nuestro beato Carlos Manuel, y el cirio pascual, presencia del Resucitado, arde sin consumirse, habla a las generaciones de una llama viva, del fuego que devora el mal, que quema el negativismo que en muchas instancias contradice el amor y fomenta la discordia. Es dentro del fuego de la lucha diaria que se logra la emancipación de las cadenas de la muerte para entrar en un cielo iluminado por el amor, la verdad, la caridad sin tacha.

Se renueva el horizonte y se pacta con lo bueno y lo bello y la justicia sale a flote en cada suceso o circunstancia. El rol principal del cristiano va por los atrechos de la inmolación en Cristo, de que su augusta enseñanza penetre el corazón para hacer el bien como tarea principal. La hermandad viene orientada a suplir virtud, a llenar el cántaro de los demás, a vivir el acontecimiento resurreccional desde la perspectiva de “yo ha vencido al mundo”.

Para los cristianos construir el mundo es una tarea impostergable. Todo lo bueno y noble tiene cabida en el corazón como una inquietud de muchos quilates. Los avances tecnológicos, médicos, científicos, son considerados como trámites buenos dentro de la sabiduría divina, gotas del bien sobre el mundo en necesidad, sobre millones de pobres y necesitados.

El estilo avestruz, pondera el escondite como un salvavidas hecho a la medida. Refugiarse en sí mismo es limitar el horizonte de bien y darse por vencido a la primera. El triunfo del Señor Jesús implica una renovación interior, un si al mundo y un no a sus vanidades y ofertar que en el fondo son calamidades y contradicciones.

El cristiano vive abrazado a su fe, haciendo hincapié a la voluntad servicial. Donde haya un dolor, una pena, una angustia, allí se hará presente el que da testimonio de Cristo. El mundo se convencerá de hacer el bien a través del servicio desinteresado, de la mano siempre abierta para dar y bendecir.

Es la resurrección la que imprime un sello distintivo, una manera de obrar que apunta al misterio emancipador. Jesús es el Señor, nos guía, nos procede. La dulce luz nos alumbra en cada circunstancia, en cada detalle doloroso, en cada halo de libertad. Todos juntos caminamos sobre la esperanza.

¡Ha resucitado el Señor! Él vive, Él se nos aparece, Él nos acompaña en este destierro. Aquí, en esta dimensión terrenal, la fe va al frente y nos invita a hacer todas las cosas nuevas. El Señor Resucitado no habla al corazón en medio de esta pandemia.

¡Felicidades!

P. Efraín Zabala

Editor

 

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