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El refranero popular dicta que el amor y el dinero (interés) fueron al campo un día, pero más pudo el dinero (interés) que el amor que se tenían. Creo que ha habido una confusión al estilo de la gimnasia vs. magnesia porque al enfrentarlas en la colchoneta de gimnasia la magnesia se queda en un frasco y no puede competir… Digo que el amor y el dinero se encuentran en dos dimensiones distintas y querer enfrentarlas significa sublimar a uno y degradar al otro. Sería tan confuso como enfrentar al león con el tiburón. Solo elijes el ring en el agua o en la tierra y hay un perdedor instantáneo que murió por asfixia sin siquiera dar una campanada. Revisemos el dinero y el amor por un momento.

El dinero tiene que ver con la libertad financiera en el mundo material en el que vivimos. Con preparación, esfuerzo, responsabilidad, constancia y trabajo el dinero llega. No es ni un mal ni un bien necesario. Es un medio de intercambio social con el que se obtienen bienes y servicios. Una herramienta. Aunque como le pasa al martillo, la intención del usuario cuenta muchísimo. Dice el mismo refranero: ¡No es la flecha, es el indio! Cuidado, si la intención en el corazón está torcida, ahí sí hay peligro…

El amor tiene que ver con la felicidad, una verdadera que rodea al ser de manera absoluta. El amor es la llamada de Dios y es Su rostro que se revela en Jesucristo. Se manifiesta en las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Es sacrificio y perdón. Es la misericordia de Dios y su acción que se mueve silenciosamente en el mundo. No hay forma de explicarlo o definirlo del todo. Su entendimiento es limitado porque al final el amor es misterio. En el caso de las parejas, se habla del amor cuando se señala a ese vínculo sagrado y especial crece y en su momento une a los esposos en el sacramento. También, esa conexión única que llega a su culmen en el sacramento bien vivido es misteriosa. 

Solo con estas líneas se puede intuir que se puede ser libre financieramente y no haber encontrado el amor, la felicidad. O se puede vivir con mucho amor y a la vez en una situación económica bien limitada. El problema viene con la confusión.

Al final, cada uno de nosotros somos únicos, especiales e irrepetibles. Encontrar la persona correcta abre la puerta a una felicidad relativa en este mundo, recordando siempre que la felicidad plena está en la patria celestial. Por eso, no hay transacción o vencedor. Solo revisar la rectitud del corazón y cuánto anhelamos el amor de Dios. ¿Qué hay en el corazón?

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com

Twitter: @Enrique_LopezEV

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