Me quedé dándole vueltas a la frase oída: “Te necesito porque te amo, no te amo porque te necesito”.  Porque entiendo que es atractiva fórmula para entender lo que es el amor humano.  El foco de la acción verdaderamente amorosa no es lo que yo puedo sacarle a esta persona para mi propio provecho.  Eso sería negocio.  Me apenan los famosos matrimonios históricos entre casas reales europeas. Mucho se reducían a sagaces artimañas para conseguir el poder y el ejército de Francia, por ejemplo, para ir contra la pérfida Inglaterra.  Y así la princesa castellana era dada en matrimonio al Delfín de Francia y unir de ese modo en intereses a las dos coronas.  Era un te amo porque te necesito”.

Si solo hubiese esa intención, no encontramos ni lo más mínimo de la relación humana de genuino amor.  A veces los príncipes ni se conocían, o a lo más por la vista de un retrato artístico de la princesa.  No tenía más remedio el Delfín del caso que o enamorarse ya estando casados, o simplemente unirse a esa mujer como laboratorio legal para producir sucesores al trono de Francia.  Su amor, sus emociones o romanticismos eran para las queridas.  Es lo que sucedería al que casa porque “es un buen partido económico”.  No me interesa la persona; me interesan sus dólares.  Y lo triste es que, si la ceremonia se efectuó como sacramento, habrá que defender esa relación como legítimo sacramento inmutable.

“Te necesito porque te amo” es todo lo contrario.  Porque lo que significa es que esta persona es de tanto significado para llevar el amor a su última realización, que no la puedo dejar escapar.  Ella realiza en mi lo que yo soy, a la vez que yo realizo en ella lo que puede llegar a ser.  La relación matrimonial se convierte así en el encuentro con el famoso El Dorado que buscaban ansiosos los conquistadores.  Por eso, esa relación amorosa es única.  Por eso en el lenguaje bíblico, al encontrarse Adán con aquella mujer sacada de algo de sí mismo, proclama gozosa “esta es la que es”.  Y todo lo demás queda en tinieblas o, en segundo lugar, hasta las relaciones más genuinas como las de la propia parentela.  Ha nacido en mi un deslumbramiento por lo que encontré, que por este amor te necesito.

Cuando uno busca a la otra persona como un mero suplemento a mis egoísmos, el matrimonio llega a convertirse en esclavitud con papeles.  La antigua esclavitud consistía precisamente en eso: había personas de mi misma naturaleza cuya presencia y trabajo yo necesitaba y las hacía cosa mía.  Eran tan cosa como las cuerdas de tierra del agricultor, o sus bueyes y vacas.  Es bonita frase la que emitía el sacerdote al despedir a los nuevos esposos al final de la ceremonia.  Decía al varón: “Compañera te doy y no esclava; ámala como Cristo ama a su Iglesia”.   Lo contrario sería lo que me narraba una esposa en su proceso de anulación matrimonial: “Cuando novios era un amor; negra dónde te pongo.  Nos casamos y al entrar a la habitación del hotel me dijo “bueno, desde ahora yo soy el que mando”.  Y ahí, Padre, comenzó mi matrimonio.”

Si en la fascinación contigo encuentro mi realización como ser humano, entonces “te necesito”.  Como necesito el verdadero amor para perseverar.  No hagas del otro medio, sino fin, decía un filósofo.  No digas como el astrónomo Ptolomeo erróneamente que la tierra era el centro del universo.  Cuando se encuentra y se vive el amor genio, el de Pablo I Cor cap 13, es tu ser amado el centro.  Y en el servicio a ese ser amado, en regalarle a él lo tuyo para que ese ser sea más de lo que era consiste el amor verdadero.

 

Padre Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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