Una vez compuestos los equipos había que decidir quién iría primero al turno. Cualquier moneda y un toque de suerte solucionaban ese dilema. Ahora bien, creo que no sólo en decisiones de niños o jovencitos hemos tenido que lanzar alguna moneda al aire y haber escogido, al azar, la cara o el reverso de la moneda esperando haberla pegado.

No es un toque de suerte lo que ha acompañado al Rey Ciro, de quien nos habla Isaías en la primera lectura (Is 45, 1. 4-6); es, más bien, la manifestación de la providencia divina que elige un extranjero (y los israelitas le llamarían “pagano”) lo toma de la mano, lo unge, le da un título insigne, lo convierte en pregonero de Oriente a Occidente y en pieza clave para la liberación del pueblo -por esas fechas cautivo en Babilonia-. Ciro no conocía la cara de Yavé Dios, pero entregó en libertad lo que le pertenecía a Dios: su pueblo.

A tierra de gentiles escribe Pablo y en los cortos versículos de la segunda lectura (1 Tes 1, 1-5) se evidencia la complacencia que tiene el apóstol de que puede ver en esa comunidad la cara de la fe a través de las obras, el rostro del amor entre las fatigas y la faz de la esperanza a través de la constancia en Cristo el Señor. Es Cristo mismo quien los ha elegido, no como un vuelo de moneda al aire sino, como fruto de la acción inequívoca del Espíritu Santo. Verdad que se irá contemplando paulatinamente puesto la lectura de esta carta a los tesalonicenses, que se inicia en este domingo, nos acompañará hasta el final de este año litúrgico.

En el evangelio (Mt 22, 15-21) a Jesús le presentan un dilema. Una moneda ayuda a resolverlo y no porque la lance al aire, sino porque interpreta los componentes de la misma con sabia precisión y, además, se percata de la desacertada intención que tienen los que cuestionan. La maliciosa pregunta de implicaciones políticas con repercusiones en la vida religiosa no será la ocasión en que Jesús caiga en los enredos farisaicos. Jesús va directamente a la cara… sí, a la cara de la moneda y a la cara de los perversos fiscalizadores. En esta ocasión hace que ellos miren la cara de la moneda -no sabemos que habría en el reverso de aquella específica moneda, pero, si Jesús les da a escoger a ellos la cara para resolver sus complicaciones políticas y económicas, para Él ha quedado la cruz con el inherente sosiego de la vida religiosa intacta y un dilema resuelto. Y.… sí… Él sigilosamente siempre opta por la cruz.

La vida cristiana no pocas veces es un “cara o cruz” que continúa requiriendo la sabia armonía de estos elementos para ser buen ciudadano y para ser mejor persona religiosa. ¡Qué dilema! Hoy, se continúa presentando la cara del César cuando silente se aceptan remuneraciones por las que no se ha trabajado. La cruz cuando aun estirando el dólar para que llegue a fin de mes se vive en total transparencia y honestidad. La cara del César cuando se aceptan invitaciones desleales, cuando las copas se pasan en número, en cantidad y en calidad de autocontrol. La cruz cuando la familia está siempre primero que los amigotes; cuando pagar los estudios de los hijos tiene mayor peso que cualquier evento social. La cara del César cuando por pasar menos trabajo se copian las tareas, excuso las irresponsabilidades con falsedades y difamo la profesionalidad de los maestros y profesores. La cruz cuando se acata el compromiso del orden y la disciplina, de la laboriosidad y de la eficiencia.

La vida, aunque no lo queramos o no nos guste, nos lanza constantemente monedas al aire… y hay que discernir no necesariamente para ser el primero en el turno, sino para entender qué es lo que pertenece a Dios; porque al seguidor de Cristo le continúa correspondiendo entregar a Dios lo que es de Dios. Quizás, nos topamos muchas veces con caras atractivas y llamativas que, en el fondo, como canta el salmista (Sal 95), no son más que apariencia; pero, para el cristiano, la cruz será siempre opción inequívoca de salvación. ¿Cara? o ¿Cruz?

 

P. Ovidio Pérez Pérez

Para El Visitante

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