No hablo del racista que pretende pasar como caucásico y su abuela es negra, como en el poema. Me refiero más a la frase de Ortega Y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Reconozco que hay algo en mí, que me define, pero sobre eso hay otras realidades que me afectan. Hablamos de los condicionamientos, esos impulsos presentes, a veces sin darnos cuenta, que nos empujan a un pensamiento o a ciertos comportamientos. Y los novios, que van a compartir vida en el matrimonio, conviene que conozcan cómo funcionan en su pareja esos condicionamientos.
Básicamente vienen de los que nos crían, que de ordinario son los padres. De ellos arrastramos la genética buena o mala de ellos asumimos, como en ósmosis, lo que la sociedad aceptará o rechazará en nosotros. Los que nos crían inculcarán en nosotros cómo se ha de vivir en sociedad. Nos escriben el libreto de la vida. El niño caníbal se crió comiendo carne humana. Eso lo considera totalmente normal y sabroso. Lo mismo sucede en la conducta. El varón se identificará con el varón que conoce en su padre, y lo que haga ese varón lo aceptará como lo que se espera de él cuando sea varón. Lo triste es que esa conducta sea negativa – es varón el que bebe mucho o mujeriego – y la tendencia será a repetir lo mismo. O, al revés, odiarlo intensamente y no repetirlo. Sigue el influjo.
El problema será si lo que imito es en sí negativo, aunque enseñado por mi padre. O la tragedia también será si esa forma de pensar y comportarme es totalmente contraria a la de mi pareja. Porque esa otra persona viene también de otro hogar, en que las normas, o manías, no son las mismas. Recuerdo la pareja en que ella había sufrido mucho por el alcoholismo de su padre. Ese sufrimiento no podía repetirlo en su vida de casada. Su novio no era bebedor, ni dio esa impresión en el periodo del noviazgo. Pero en la recepción de la boda la pasó con una lata de cerveza, y al llegar a la luna de miel, ella en pánico lo metió en la ducha fría “para quitarle esa borrachera”.
Dicen “el que nace barrigón, aunque lo fajen”. Lo que significa que esa condición tan arraigada, y más por proceder de los que por presupuesto nos aman, siempre aparecerá de algún modo, “aunque te pongas faja”. Es importante conocer más profundamente cómo tu pareja llegó a ser la persona de hoy. Los episodios vividos, sus dudas y sus pesares. Al matrimonio se lleva todo lo que has acumulado en tu experiencia de vivir. Lo hacemos no para echar culpas. Eso nada logra. Solo será para entender con más profundidad, y sentir una empatía o comprensión más profunda con ese ser, que curiosamente será todo tuyo. Esta empatía será mucho más arraigada, si ves que esa persona se esfuerza de veras en sacar de si lo que ha identificado como negativo para la nueva vida en que entra. Por eso, es buena la conversación de los novios en que comparten sus experiencias de crianza.
Toda pareja tendrá taller en esta tarea de mejorar lo que trae. Porque no hay modelo perfecto, y no todo lo mío encaja necesariamente con lo que la otra persona trae. Y si, como sucede hoy en día, te empatas por Facebook con una persona de otra cultura, las diferencias se agrandan. Aunque ambos sean hispanos, o incluso de la misma nación. Decimos que todo ser es irrepetible y único. Y la tarea que te asignamos es fuerte, llegar a ser uno con esa persona. “Serán los dos una sola carne”. En esto también caen a propósito las palabras de Ruth: “Iré adonde vayas, tu pueblo será mi pueblo, tu Dios será mi Dios…”.
P. Jorge Ambert, SJ
Para El Visitante



