Volverá, mientras tanto…

El Libro de los Hechos de los Apóstoles comienza con el relato de la Ascensión del Señor, a manera de conexión entre la labor de Jesucristo y la de los Apóstoles. 

El autor de la Carta a los Hebreos, al decirnos que Jesucristo entró a los cielos para interceder por nosotros ante el Padre, nos explica que, por virtud de su sangre, Cristo nos ha abierto ese mismo cielo para nosotros, para que podamos entrar en él. 

Ante nuestra consideración tenemos la versión de la Ascensión del Evangelio de San Lucas.  En él, Cristo sube a los cielos bendiciendo, no sólo a los Apóstoles, sino también a la Iglesia que nacerá en Pentecostés. 

Lucas es el único evangelista que nos presenta la Ascensión de Señor en dos instancias: en su evangelio y en el libro de los Hechos de los Apóstoles.  El Evangelio de San Lucas y Los Hechos de los Apóstoles son dos tomos de una misma obra.  En sus dos tomos, San Pablo nos presenta la Iglesia en misión, la Iglesia que predica el Evangelio a todo el mundo, la Iglesia que llega a los paganos, la Iglesia en salida de la que tanto nos hablaba Papa Francisco.  En la obra lucana, la Ascensión del Señor es el punto que une los dos libros, ya que empieza su evangelio con la Ascensión de Jesucristo a los Cielos, para comenzar el libro de los Hechos con el mismo episodio.  Pero hay una contradicción bien grande y que pocos se han dado cuenta de la misma: mientras que en el Evangelio nos presenta que Jesucristo sube a los Cielos el mismo día de su Resurrección, en los Hechos nos dice que subió a los Cielos cuarenta días después.   ¿Cuándo fue entonces?  ¿La Biblia se contradice? 

Yo diría que las dos, que San Lucas tiene razón en ambos relatos.  Cuando Jesucristo resucita de entre los muertos, ya resucita con todos los atributos de Dios, entre ellos el de estar en todos los lugares al mismo tiempo.  Eso quiere decir que Jesucristo resucitado podía estar entre nosotros y al mismo tiempo, estar en el cielo.  Desde el momento de su Resurrección, Cristo ya estaba en la casa de su Padre, en el cielo, pero continuó presentándose a los Apóstoles por espacio de cuarenta días para confirmarles su resurrección y prepararlos para la misión que estaba a punto de comenzar: la de llevar el Evangelio a todas partes del mundo.  De hecho, en la versión de los Hechos de los Apóstoles tenemos el detalle de los dos ángeles que urgen a los Apóstoles a que no se queden allí, sino que se vayan a Jerusalén a esperar por la venida del Espíritu Santo.   

Así que la Ascensión marca un final y un inicio: el final de la labor de Jesús y el inicio de la labor de la Iglesia, labor que continuará hasta que Jesucristo venga.  Sin embargo, aunque Jesucristo termina su labor en la tierra, no se desentiende de ella, sino al contrario, sube al más alto de todos los santuarios, al Cielo mismo, a la presencia de Dios Padre, para interceder por la Iglesia y cumplir la promesa que le hizo a los Apóstoles en la Última Cena, de que iba a preparar moradas para todos los que Él ama.  Jesucristo, ahora en el Cielo, envía al Espíritu Santo para no dejar solos a sus amigos, a aquellos que el Padre les había dado.  Así que Cristo, con emoción, nos espera a cada uno de nosotros en el Cielo, para recibirnos con los brazos abiertos.  Para eso fue que se la paso cuarenta días apareciendo a los Apóstoles y al final hacer un espectáculo con su ascensión a los Cielos, para indicarnos que, si lo seguimos, hasta el cielo llegaremos. 

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León XIV: «Sin familias fuertes, el mundo no tiene futuro»

En el décimo aniversario de Amoris laetitia, el Santo Padre destacó la importancia del amor conyugal, la educación de los hijos y la oración en familia como fundamentos de una sociedad más humana y solidaria. Ciudad del Vaticano, 14 de octubre de 2026. — El papa León XIV reafirmó el papel fundamental de la familia en la construcción de una sociedad cimentada en el amor, la solidaridad y el respeto por la vida, durante la celebración eucarística que marcó la clausura del encuentro conmemorativo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris laetitia, publicada por el papa Francisco. La homilía, preparada por el Santo Padre, fue pronunciada por el cardenal Luis Antonio Tagle durante la Santa Misa celebrada en la Plaza de San Pedro. León XIV no pudo presidir la celebración debido a su recuperación tras la intervención quirúrgica pulmonar realizada el martes en el Hospital Gemelli de Roma. En su reflexión, el Pontífice destacó que el matrimonio cristiano constituye una vocación al amor que se construye diariamente mediante la entrega mutua, el respeto y la gracia de Dios. Recordó que la verdadera alegría del amor matrimonial no consiste en perder la identidad personal, sino en crecer juntos, permitiendo que cada esposo encuentre en el otro un apoyo para desarrollar plenamente su vocación. Asimismo, subrayó la necesidad de fortalecer la preparación de los jóvenes para el matrimonio, insistiendo en que la educación para el amor comienza desde la infancia. Aunque reconoció el valor de los programas de preparación matrimonial que ofrecen las parroquias, advirtió que estos deben estar acompañados de una formación integral en las virtudes, la responsabilidad y el compromiso. El Papa también resaltó que el hogar constituye la primera escuela del amor, donde los hijos aprenden, mediante el testimonio de sus padres, el significado de la entrega, el perdón y la fidelidad. En este sentido, reconoció el esfuerzo cotidiano de tantas familias que, aun enfrentando dificultades, perseveran en su misión con generosidad. Otro de los aspectos centrales de su mensaje fue la necesidad de consolidar una Iglesia que sea verdaderamente una «familia de familias», capaz de acompañar a los matrimonios jóvenes, apoyar a los padres en la crianza de sus hijos y reconocer la sabiduría de los adultos mayores. León XIV insistió particularmente en que las familias que atraviesan situaciones difíciles deben encontrar en la comunidad eclesial acogida, comprensión y acompañamiento, libres de prejuicios y actitudes condenatorias. De igual manera, recordó que la familia desempeña un papel insustituible en la transmisión de los valores cristianos y en la defensa de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Finalmente, el Santo Padre exhortó a recuperar la práctica de la oración compartida en el hogar, señalando que esta costumbre se ha debilitado considerablemente en distintas partes del mundo. Destacó que la participación en la Eucaristía dominical, los sacramentos y la oración familiar fortalecen los vínculos afectivos y permiten afrontar unidos las dificultades de la vida. Con este mensaje, León XIV renovó el llamado de Amoris laetitia a reconocer a la familia como una comunidad de amor, esperanza y fe, cuya misión resulta esencial tanto para el futuro de la Iglesia como para el bienestar de toda la sociedad. Fuente: Vatican News. 

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