El libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata el momento en que los Apóstoles reciben el
Espíritu Santo por parte del Padre y del Hijo, a los cincuenta días de Jesucristo haber resucitado.
En la primera Carta a los Corintios, San Pablo nos habla de los efectos del Espíritu Santo en la
vida de la comunidad de la fe, de la Iglesia.
El Evangelio de San Juan nos dice que el primer regalo de Jesucristo resucitado a su Iglesia es el
Espíritu Santo, que brota de lo profundo de su corazón.
Tenemos dos instancias de la recepción de Espíritu Santo por parte de la Iglesia, la de
Lucas y la de Juan. San Juan nos explicita que Jesucristo Resucitado derrama el Espíritu Santo
como regalo a su Iglesia, una vez resucitado de entre los muertos. Esto lo podemos entender a
tenor de lo que escuchamos en la misa de vigilia de Pentecostés: que durante las fiestas religiosas
de Jerusalén, Jesucristo promete al Espíritu Santo pero que no lo podía dar porque no había
resucitado de entre los muertos. Pero, una vez resucitado, Jesucristo recupera todo su poder de
Dios, y por tanto, puede darnos todo lo que Dios puede darnos, entre estos dones, la mismísima
Persona del Espíritu Santo: de la misma forma que Dios Padre nos ha dado a su Hijo, el Hijo nos
da al Espíritu Santo. El Espíritu Santo, entonces, le dará a los Apóstoles los mismos poderes que
Jesucristo tiene: santificar, perdonar pecados, bendecir, celebrar la Eucaristía, hacer presente a
Dios en medio de su pueblo.
San Lucas, por otra parte, nos presenta el Episodio del Pentecostés 50 días después. Pero
hay dos grandes diferencias: mientras que en la versión de Juan es Jesucristo el sujeto de la
acción, que nos derrama el Espíritu Santo, en Lucas es el Espíritu Santo el protagonista absoluto,
como Persona igual que el Padre y el Hijo. Es Él el que llega de forma espectacular: primero, en
forma de viento huracanado y luego, en forma de llamaradas de fuego. Es como decirle a los
Apóstoles: “Hey aquí llegué yo para estremecerlos, para hamaquearlos, para empujarlos para que
sean testigos de la Resurrección de Jesucristo y para que prediquen el Evangelio que Él les
mandó a predicar”.
Así que las dos instancias, la lucana y la joánica, lejos de contradecirse se complementan.
La dimensión joánica trata de la vida interna de la Iglesia, la de la santificación de sus miembros,
la del derramamiento de la gracia de Dios, mientras que la lucana trata de la proyección de la
Iglesia hacia fuera, hacia la evangelización, la del anuncio del Kerygma, para que la gente
conozca a Jesús y acepte su reto de seguirlo. El Espíritu Santo, entonces mueve a la Iglesia hacia
dentro, para que tenga su encuentro con Cristo, y hacia fuera, para que llevemos a ese Cristo a
los que no son parte de ella todavía. San Pablo lo sintetiza bellamente en la Segunda Lectura de
hoy: seremos incapaces de invocar a Jesús y de creer en su Resurrección, sino tenemos la acción
del Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu es el que engendra toda la belleza y santidad de la
Iglesia, suscitando todos los dones y carismas que podemos encontrar en ella. Así que, ¡Ven
Espíritu Santo y llénanos de Dios!

Ven Espíritu Santo
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