Una Semana Santa que se caminó con el corazón 

Hay experiencias que no se narran solamente con palabras, sino con lo que dejan en el alma. Así vivimos esta Semana Santa en Puerto Rico: no como espectadores, sino como peregrinos que, paso a paso, se adentran en el misterio de Cristo. 

Todo comenzó el martes 31 de marzo, con la Misa Crismal en la Parroquia María Auxiliadora de la Arquidiócesis de San Juan. Allí, Mons. Roberto Octavio González Nieves nos recordó que el sacerdocio nace de una unción que no es para sí misma, sino para el servicio: para “ungir las heridas del ser humano con el aceite de la alegría” y llevar la misericordia de Dios a los más necesitados.  
Su reflexión nos llevó al corazón del Evangelio: Cristo se revela no desde el poder, sino desde la pobreza, desde la cercanía, desde un amor que se hace entrega. Allí comenzó nuestro caminar, con una invitación clara: dejarnos tocar por esa lógica de Dios que transforma la vida. 

El Jueves Santo nos llevó hasta la Diócesis de Ponce, donde Padre Obispo Rubén Antonio González Medina nos introdujo en una de las noches más profundas del año cristiano. Su homilía resonaba con una frase que parecía repetirse en el corazón: “los amó hasta el extremo”.  
No se trataba de un amor teórico, sino de un amor que se arrodilla, que lava los pies, que sirve. Nos recordó que la Eucaristía no se entiende sin el servicio, y que quien comulga con Cristo está llamado a amar como Él: hasta el final, sin medida, sin reservas. Fue una noche que no solo se contempló… se dejó sentir. 

El Viernes Santo, en la Villa del Capitán Correa, observamos el Vía Crucis de la Estampa Viviente, que celebraba su 30 aniversario. Cada estación era un eco del sufrimiento de Cristo, pero también del sufrimiento humano que sigue presente en nuestras realidades. 
Como dato significativo, durante la celebración de las Siete Palabras, cada predicación estuvo a cargo de candidatos al diaconado permanente. Verlos asumir ese momento con profundidad y entrega fue un signo de esperanza: la Iglesia sigue formando corazones dispuestos a servir. 

Y entonces llegó el Sábado Santo. La gran noche. La noche en que el silencio se rompe con la luz. 

La Vigilia Pascual se vivió con una intensidad que sobrepasó cualquier expectativa. Desde cada rincón de Puerto Rico comenzamos a recibir imágenes: comunidades llenas, templos iluminados, rostros atentos. Era como si toda la Isla respirara al mismo ritmo: el de la esperanza. 
En ese momento recordé a nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez, quien tanto insistió en devolverle al pueblo el sentido profundo de la liturgia. Él nos enseñó que la Vigilia Pascual no es una misa más, sino “la madre de todas las vigilias”, el corazón mismo del año litúrgico. Y al ver tantos fieles reunidos, comprendí que su catequesis sigue dando fruto. 

Me sorprendió la cantidad de personas presentes. No era solo asistencia; era participación viva. Un testimonio claro de que Puerto Rico sigue siendo la Isla del Cordero, un pueblo que, a pesar de todo, permanece fiel a Cristo. 

El Domingo de Resurrección lo vivimos desde la Catedral Nuestra Señora de la Candelaria, en Mayagüez. El coro entonó el aleluya con una fuerza que parecía abrazar todo el templo. Y en su homilía, Mons. Ángel Luis Ríos Matos nos dejó una invitación que no puedo dejar de repetir: creer en la Resurrección no es solo aceptarla con la mente, sino vivirla, incluso en medio de nuestras tristezas, vicisitudes y en el aprendizaje constante de amar. 

Pero hubo un momento que me marcó profundamente. Durante la celebración, cinco jóvenes adultos recibieron los sacramentos del Bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación. Ver a personas adultas decirle “sí” a Dios con libertad y conciencia es un signo poderoso de que la fe no es herencia automática, sino encuentro personal. 
Al finalizar, seis niños también recibieron el Bautismo, recordándonos que la Iglesia sigue naciendo una y otra vez. 

Al mirar hacia atrás, esta Semana Santa no fue solo una serie de celebraciones. Fue un camino. Un camino que comenzó con la unción pasó por el servicio, atravesó la cruz, se iluminó en la vigilia y estalló en la alegría de la Resurrección. 

Ahora nos toca continuar. 

Porque la Pascua no termina. Apenas comienza. 
Y el Resucitado sigue saliendo a nuestro encuentro en la vida diaria, en nuestras luchas, en nuestras heridas… y también en nuestra capacidad de amar. 

Sigamos caminando con Él. 

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