Alguien dijo que el amor no se define con adjetivos o cualificaciones sino con verbos y acciones. La pieza poética del profeta Isaías que tenemos como primera lectura (Is 5, 1‑7) y que da título a este escrito evidencia este presupuesto. El amor se presenta y queda definido en las acciones detalladas del dueño de la viña; éste lo ha demostrado al preparar y limpiar el terreno, al cavar y al sembrar, al cercar y construir; los elementos descriptivos como fértil, bueno, preferido, sólo aportan expresividad a esas buenas acciones. La espera de buenos frutos es inherente a las buenas acciones de amor. Por eso desconcierta que, ante tantas buenas acciones, los frutos hayan sido agrios. Y sí… parece que aquello que se opone al amor se expresa mejor en cualificaciones y adjetivos. Así, la expresividad antagónica pareciera resultar más evidente.

 

La parábola del evangelio (Mt 21, 33‑43) presenta un resumen de los cuidados y de todos los esmeros que ha tenido el mismo Dios para con su pueblo. Define su amor, desde todas sus acciones. Son las acciones de los labradores las que ahora son antagónicas y las que hacen tomar un giro definitivo en el desenlace de la situación: se les entregará la viña a otros labradores. No cambia la viña, no cambia el amor, no cambia el esperar que los sarmientos extiendan sus brotes hasta el mar (como canta el salmista -Sal 79-) y den buenos frutos.

 

Creo que es Pablo quien, con la exhortación final en la segunda lectura (Flp 4, 6‑9), nos hace una síntesis maravillosa de los frutos que hay que dar. Si transportamos sus adjetivos a verbos nos percataremos del proyecto de buena cosecha a la que estamos invitados. Se trata, entonces, de vivir en la verdad, de vivir en la nobleza, de practicar la justicia, de vivir en santidad, de practicar la amabilidad y toda obra de bondad. Con todas esas acciones se vuelve a definir el amor. El proyecto es abarcador; los frutos del cristiano, desacertadamente, se suelen acomodar a una visión minimalista que suele reducirse a la misa dominical, al buen trato para con los padres, a evitar una que otra mala palabra y al cumplimiento, casi obsesivo, del sexto mandamiento. Pero, resulta que la piedra desechada por los arquitectos y convertida en base medular es de pretensiones mucho más amplias. El canto del verdadero amante exige y espera de los verdaderos amados frutos genuinos de humanidad y de fraternidad, de solidaridad, de justicia social con menos lamentos egocéntricos; de ruptura de yugos esclavizantes y anuncio más asertivo del evangelio liberador; de respeto a la conciencia ajena aunque obre mal y de formación más responsable en la autorectitud; de sana tolerancia y de caritativa corrección, de tranquilidad doméstica y de respeto cívico; de transparente economía personal y de valiente denuncia a la corrupción de muchos políticos y sus ricos amigos del alma. Sí… así de abarcador y amplio. En palabras de Pablo, cuando esto se pone por obra el Dios de la paz nos acompañará. Y con el salmista podremos clamar que venga a visitar la viña vigorosa que su mano derecha plantó.

 

Hay que decirlo: a nadie le gustan los frutos agrios -la decepción ante los mismos la ha expresado muy poéticamente Isaías-. Si bien, no se puede ocultar que en ocasiones hasta en nuestra vida cristiana preferimos chupárnoslos -y sé que la expresión no es muy poética, pero no encuentro otra que pueda ser más clara-. Por un lado, por supuestamente huir a un mal entendido sufrimiento donde nos colocamos como víctimas (y digo mal entendido porque todo sufrimiento llevado en Cristo es redentor); y, por otro lado, porque tristemente se sigue esperando un canto con acaramelados adjetivos que endulcen los sentimientos y no uno con exigentes verbos que confronten nuestros modos de proceder y  se pueda ver qué frutos estamos devolviendo a quien no deja de esperarlos  y no deja de regalar cotidianamente a nuestros oídos su canto de amor.  Pero ¡mucho cuidado! Insisto… su canto no es dulce adjetivo sino verbo exigente.

 

 

P. Ovidio Pérez Pérez

Para El Visitante

 

 

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