En el Evangelio de Mateo, Jesús le dice a Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16,18). Esta afirmación establece a Pedro como el cimiento de la Iglesia, una responsabilidad que ha sido transmitida a sus sucesores, culminando en el actual Papa Francisco. Como líder de la Iglesia Católica, el Papa Francisco enfrenta el desafío de guiar a la comunidad de fieles en tiempos de profundos cambios y desafíos globales.
Ante la delicada salud de nuestro Santo Padre, he optado por compartir algunas palabras y reflexiones sobre su pontificado. El Papa Francisco ha estado marcado por su llamado a una “Iglesia en salida”, una comunidad que no se encierra en sí misma, sino que se abre al mundo para llevar el mensaje de Cristo a todas las periferias existenciales. En sus propias palabras: “La Iglesia es en salida o no es Iglesia” (Papa Francisco, 23 de octubre de 2019). Este enfoque implica una transformación profunda, donde la Iglesia se descentra de sus propias estructuras para centrarse en Cristo y en la misión hacia los más necesitados.
Sin embargo, este camino no ha estado exento de dificultades. El Papa Francisco ha enfrentado resistencias internas y externas al promover reformas que buscan una mayor transparencia, justicia y misericordia dentro de la Iglesia. Ha tenido que abordar crisis que han sacudido a nuestra Santa Iglesia. Estas crisis las ha enfrentado con un corazón de padre que coloca por delante la misericordia y la reconciliación por encima de sus deseos personales. Ciertamente, estas crisis reflejan el peso de cargar con la Iglesia, una carga que, desde la perspectiva de las Escrituras, recuerda la misión encomendada a Pedro de ser la roca firme en medio de las tempestades. Pero más allá de eso, reafirma la promesa de Jesús: “Los poderes de la muerte jamás la podrán vencer” (Mateo 16,18).
En medio de estos desafíos, el Papa Francisco ha mantenido su compromiso con una Iglesia cercana a los pobres y marginados, promoviendo una cultura del encuentro y del diálogo. Su reciente encíclica, “Dilexit nos” (“Nos amó”), enfatiza la necesidad de volver al corazón como un antídoto contra la frialdad del mundo moderno, dominado por la previsibilidad de los algoritmos y una racionalidad excesiva. Este llamado resuena con la misión apostólica de Pedro, quien, a pesar de sus debilidades, fue elegido por Cristo para ser la piedra de la Iglesia.
La salud del Papa Francisco también ha sido motivo de preocupación. Recientemente, ha enfrentado problemas respiratorios que lo han llevado a ser hospitalizado por una infección polimicrobiana del tracto respiratorio. A la fecha de la redacción de este editorial, nuestro Santo Padre se encontraba aún hospitalizado. En las redes sociales y medios de comunicación tradicionales, hemos podido observar cómo católicos, cristianos de otras denominaciones y no creyentes han estado pendientes de las actualizaciones sobre su salud. Este interés, demostrado incluso por medios no católicos y personas que no profesan nuestra fe, pone de relieve la trascendencia del pontificado del Papa Francisco.
El Papa ha solicitado en múltiples ocasiones oraciones por él, reconociendo la necesidad del apoyo espiritual de toda la Iglesia. Este es un momento propicio para que la Iglesia universal se una en oración por el Santo Padre, pidiendo al Señor que le conceda la sabiduría y la fortaleza necesarias para continuar guiando al pueblo de Dios. Como comunidad de fe, expresamos nuestra solidaridad y compromiso de acompañarlo espiritualmente, recordando las palabras de Jesús a Pedro: “Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no se venga abajo” (Lucas 22,32).
Que nuestra oración constante sea fuente de consuelo y fortaleza para el Papa Francisco, sucesor de Pedro, en su misión de edificar una Iglesia que refleje el amor y la misericordia de Cristo en el mundo. Que María, Madre de la Divina Providencia, patrona de toda la nación puertorriqueña, y nuestro Beato Carlos Manuel Cecilio Rodríguez Santiago intercedan ante Jesús por la salud del Santo Padre.



