Durante mucho tiempo lo hemos llamado “el incrédulo”, pero quizá esa no es toda la verdad. Tomás no era un hombre indiferente; era un discípulo herido. Había visto morir a Jesús, había sentido el derrumbe de sus esperanzas, y ahora le resultaba difícil creer que la vida pudiera vencer a la muerte. Tomás representa a muchos de nosotros.
A veces la fe se vuelve difícil cuando la vida nos confronta con el dolor, la pérdida o la incertidumbre. En esos momentos el corazón se llena de preguntas: ¿Dónde está Dios? ¿Es verdad que el Señor está vivo? ¿Se puede seguir creyendo cuando todo parece oscuro? Tomás tuvo el valor de expresar su duda: “Si no veo… si no toco… no creeré.”
Pero, lo más hermoso del Evangelio es que Jesús no rechaza a Tomás por su duda. Ocho días después vuelve a presentarse en medio de los discípulos. No llega para reprocharle su falta de fe, sino para salir a su encuentro.
Le dice: “Trae aquí tu dedo… no seas incrédulo, sino creyente.” Jesús entiende que la fe es un camino. A veces comienza con preguntas, con búsquedas, incluso con heridas. Y entonces ocurre algo profundamente humano y divino: Tomás ya no necesita tocar las llagas. La presencia
de Jesús es suficiente. Su corazón se abre y pronuncia una de las confesiones de fe más hermosas del Evangelio: “¡Señor y Dios míos!” En ese momento la duda se convierte en fe, y la búsqueda se transforma en encuentro. Pero, Jesús añade una palabra que también, nos incluye a nosotros:
“Bienaventurados los que creen sin haber visto.”
Esa bienaventuranza es para la Iglesia de todos los tiempos. Es para nosotros. Nosotros no vimos el sepulcro vacío, no tocamos las llagas del Resucitado, pero creemos porque el Señor vive en medio de su pueblo. La fe no significa ausencia de preguntas. La fe significa seguir buscando a Cristo hasta encontrarlo. Por eso, si alguna vez la fe te parece frágil, recuerda a Tomás. El Señor no se aleja de quien duda; se acerca más. Y cuando Cristo entra en nuestra vida, incluso nuestras dudas pueden convertirse en el camino que nos lleva a la confesión más profunda:
“Señor y Dios míos.

Tomás y la fe
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