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Muchos han hecho interpretaciones sobre el cielo, de cómo es y qué se hace en ese lugar. Otros supuestamente han dicho hasta que han ido y regresado, e incluso han contado qué vieron y cómo se sintieron. Ahora, con la famosa y controversial inteligencia artificial, han hecho representaciones digitales de cómo podría ser visiblemente. El cielo es ese “lugar” a donde unos aspiramos y otros temen llegar. Sin embargo, no es necesariamente un lugar físico, como sugirió el Papa Benedicto XVI en el 2010. ¿Qué es exactamente? ¿Cómo se puede llegar a él? ¿Es el cielo para todos? 

¿Qué es el cielo? 

Si el cielo no es un lugar necesariamente físico como dijo Benedicto XVI, significa que no es ese espacio que se muestra en las caricaturas que sobre nubes aparecen los ángeles con alas blancas tocando arpas y cantando con armonía melodiosa. Tampoco está San Pedro pasando lista y abriéndote la puerta principal con su llave maestra. 

El libro que resume el Catecismo de la Iglesia Católica para los Jóvenes, conocido popularmente como el YOUCAT, establece lo siguiente en el numeral 52: El cielo es el «medio» de Dios, la morada de los ángeles y los santos y la meta de la Creación. […] El cielo no es un lugar en el universo. Es un estado en el más allá. El cielo está allí donde se cumple la voluntad de Dios sin ninguna resistencia; existe cuando se da la vida en su máxima intensidad y santidad –vida que no se puede encontrar como tal en la tierra–. Cuando con la ayuda de Dios vayamos algún día al cielo, entonces nos espera lo «que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman», (1 Cor 2,9)”. 

De otro lado, el Catecismo de la Iglesia Católica orienta además que “el cielo es el momento sin fin del amor. Nada nos separa ya de Dios, a quien ama nuestra alma y ha buscado durante toda una vida. Junto con todos los ángeles y santos podemos alegrarnos por siempre en y con Dios”, (Catecismo núm. 1023-1026, 1053). Quien contempla a una pareja que se mira tiernamente; quien contempla a un bebé que busca mientras mama los ojos de su madre, como si quisiera almacenar para siempre su sonrisa, percibe una lejana intuición del cielo. Poder mirar a Dios cara a cara es como un único y eterno momento de amor. 

«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre». En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada persona señalando que «a la tarde, te examinarán en el amor», (Catecismo, núm. 1021-1022).

¿Quién entra al cielo? 

Si bien se sabe que no se puede subir con una escalera, ni llegar en avión o cohete, la realidad es que “No todo el que diga ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos”, (Mt 7, 21). “Nuestra meta debe ser el infinito, no lo finito. El Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”, dijo el joven beato italiano, Carlo Acutis. Si el Cielo nos espera, ¿quién realmente puede entrar? Dice Jesús: “El que cumpla la voluntad de mi Padre entrará en el reino de los cielos”, (Mt 7, 21). 

¿Realmente sólo aquel que cumple “su voluntad” tiene un espacio guardado en el cielo? Veamos un caso particular que nos dará la respuesta… Te preguntarás: ¿se puede ir al cielo si se comete suicidio? La contestación que da el YOUCAT es: “sí, puedes”. “El ser humano es responsable de todo lo que hace consciente y voluntariamente. Nadie puede ser (totalmente) juzgado por algo que haya hecho bajo presión, miedo, ignorancia, la influencia de las drogas o el poder de los malos hábitos”, (YOUCAT 288). Es decir, aunque se haya cometido el acto más atroz y se haya caído en pecado mortal, tenemos un espacio VIP en el Reino de Dios con nuestro nombre reservado, porque su misericordia y amor es más grande. Sin embargo, es un espacio que hay que ganárselo con los buenos actos, una vida serena, siguiendo los mandatos del Señor y cumpliendo Su voluntad a plenitud, sin titubeos, ni dudas. 

Por su parte, Santa Madre Teresa de Calcuta expresó en su momento que “anhelamos la alegría del cielo, donde está Dios. Está en nuestro poder estar ya ahora con él en el cielo, ser felices con él justo en este momento”. Dice que “ser felices con él” significa “ayudar como él ayuda, dar como él da, servir como él sirve, salvar como él salva. Estar veinticuatro horas a su lado, encontrarlo en sus disfraces más terribles”. Así él ha dicho –añade–: «Todo lo que hagáis al más pequeño, me lo hacéis a mí», (Mt 25, 4). 

En resumen, el cielo es igual a santidad, y santidad es igual a felicidad. ¿Quieres llegar al cielo? Trabaja por tu santidad y “lo demás vendrá por añadidura”. 

Jorge L. Rodríguez Guzmán 

j.rodriguez@elvisitantepr.com 

Twitter: jrodriguezev 

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