Por P. Samuel Velásquez Serrano
En París existe el majestuoso museo del Louvre con esa famosa entrada en forma de pirámide de cristal. Allí se custodian obras de un valor incalculable; tales como la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, el Código de Hammurabi y joyas históricas de reyes. Un fuerte aparentemente inexpugnable, pero fue vulnerado el 19 de octubre del 2025. Cuatro ladrones treparon con una grúa, rompieron una ventana y se llevaron una famosas e históricas joyas de la corona francesa. No entraron por la puerta principal, ni por un túnel secreto. Por la ventana, ¿así de fácil?
Así pasa con la familia. El hogar, ese pequeño museo del amor, guarda incalculables tesoros que no tienen precio: la vida de los hijos, el amor fiel de unos esposos, la ternura y compasión compartida, la fe vivida, los abrazos que curan, las palabras del perdón, la risa de los hijos. Las paredes están llenas de cuadros invisibles pintados con gestos de cariño, paciencia y perdón. Es tu museo y quieres que siempre brille, y a pesar de las dificultades que nadie lo profane. A veces creemos que está todo seguro porque vivimos bajo el mismo techo, comemos juntos o compartimos alguna distracción. Y no notamos a veces que hay una ventana vulnerable por donde se escapa el alma del amor, de la paciencia, la confianza y la unión. Por esa insignificante ventana entra el tedio, la rutina, la indiferencia. Entra el silencio que no comunica, la prisa que no deja espacio al encuentro, la distracción que roba miradas. Y también entra una luz falsa de las pantallas que hipnotizan, las redes que atrapan, los ecos digitales que sustituyen el diálogo real. Por esa aparente insignificante ventana entra el ladrón que no hace ruido, no fuerzan cerraduras, ni hacen túneles, se deslizan, suaves, como el aire de una noche distraída. El robo de un tesoro familiar no se comete con violencia, sino con pequeños descuidos, recorres acumulados, perdones no pedidos o no otorgados. Con cada conversación pendiente, con cada «ahora no» que se repite, con cada abrazo que se posterga, con cada comida donde el centro es el celular, el televisor o el chat paralelo mientras se come. Así, sin darnos cuenta, la alegría, la unión, la fe —esas joyas preciosas— desaparecen de la vitrina del alma. Algo o alguien se las ha llevado por la ventana. Cuidar tu familia es custodiar un museo sagrado. Requiere vigilancia amorosa, oración, perdón cotidiano. No basta cerrar puertas, hay que revisar, cuál puede ser esa ventana del corazón por donde se diluye los más lindo de tu familia. No basta con decir un «te quiero y te amo», no recuerda Gary Chapman en su libro los 5 lenguajes del amor, que el amor se cultiva gestos, con actos de servicio, momentos de calidad, pequeños detalles o regalos, el contacto respetuoso físico, como las caricias. Porque el ladrón más peligroso no viene de fuera; entra cuando dejamos de mirar hacia dentro, de vigilar el interior de nuestras vidas y relaciones. Necesitamos reconocer cuál es nuestro lenguaje principal con el que nos sentimos amados y preguntarnos cuál el de nuestra familia. Cada uno es un misterio de amor. El Louvre se reconstruye. Pero el tesoro de una familia solo se conserva si se ama con atención. La familia no es museo para admirar sino un tesoro vivo para proteger.
Tres puntos para reflexionar
- Las ventanas del alma: ¿qué pequeñas rendijas dejamos abiertas en nuestra casa por donde se escapan el diálogo, el respeto o la ternura?
- El museo del amor: ¿valoramos cada gesto cotidiano —una sonrisa, una comida compartida, una oración juntos— como una obra de arte?
- Custodios del tesoro: ¿vivimos atentos a proteger la belleza de nuestra familia frente al ruido, la distracción y el descuido?



