La Organización Mundial de Salud (OMS) define a la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedad. Establece, además, que es uno de los derechos fundamentales de toda persona que el estado debe salvaguardar y proteger en beneficio de las personas. La salud, según se establece en la Constitución de la OMS, depende no solo de las medidas oportunas que pueda tomar el estado, sino además de la cooperación de las personas. Lograr un máximo de salud a nivel mundial es una condición necesaria para lograr la paz y la seguridad. De igual forma nuestra Iglesia reconoce a la salud como un derecho fundamental del hombre (Compendio de Doctrina Social, 166), que requiere la cooperación internacional, para garantizar que todos los pueblos puedan lograr condiciones de vida apropiadas.
El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (CDSI), establece que la salud es un elemento esencial del bien común que debe ser promovido con justicia e igualdad para todos, sin importar raza, religión, color, situación económica, etc. Es una falta a la justicia restringir el acceso a medicamentos para enfermedades ya casi erradicadas o por consideraciones comerciales, a la población que los necesita. También se insiste en lograr la colaboración de los pueblos, de forma que los países en vías de desarrollo puedan desarrollar una autonomía científica y tecnológica (CDSI, 476). Nuestra responsabilidad hacia la consecución de la salud incluye no sólo cuidar nuestro cuerpo, sino además la preservación del ambiente natural para las futuras generaciones y la solidaridad hacia pueblos de menor desarrollo.
La salud de una sociedad debe ser tutelada por el Estado, ya que, como todo elemento del bien común, su pleno desarrollo no puede ser alcanzado por los individuos, sin la cooperación de las instituciones políticas. Estas autoridades deben hacer accesibles a todas las personas los medios para alcanzar la plenitud de su salud. Esto incluye, no solo asistencia médica a los enfermos, sino además sistemas de prevención de enfermedades, educación en salud y nutrición y promoción de la salud, tanto física como mental y emocional. Las personas deben ser capacitadas para aumentar el control sobre los determinantes de salud y mejorar su salud.
En su reflexión sobre el Evangelio de San Marcos, que relata la curación de un paralítico, el Papa Francisco nos exhorta a cuidar la salud física, pero sobre todo la salud espiritual. Nos dice Papa Francisco “Jesús nos enseña a ir a lo esencial. Lo esencial es la salud, completa, cuerpo y alma”. La salud espiritual es una dimensión fundamental de la salud y se relaciona con la búsqueda de significado, propósito y conexión con algo más grande. Las personas con alta salud espiritual han encontrado su propósito en la vida, tienen creencias y ética moral firmes y practican la compasión por otros seres y la Tierra. Esto les da esperanza, propósito, armonía interior y felicidad. La salud espiritual repercute positivamente en nuestra salud emocional y mejora la calidad de nuestras relaciones con otras personas.
En su ministerio público Jesús reconoció la importancia de la salud y dedica gran parte de su actividad a la sanación de los enfermos, desde una perspectiva integral. El realiza no solo la sanación del cuerpo, sino además la sanación del espíritu. Trabajar en pro de la salud no es solamente tarea de los profesionales de la salud y autoridades públicas, es tarea de todos: cuidando nuestro cuerpo, fortaleciendo nuestro espíritu, contribuyendo positivamente al bienestar de los demás, practicando obras de misericordia para con los más vulnerables y viviendo nuestra fe como testimonio hacia los demás.
Cuidar por nosotros mismos y por los demás es una respuesta al don maravilloso de la vida que Dios nos ha concedido. Es fundamental para nosotros valorizar la salud y promoverla en nuestra vida, no solo como acto de gratitud a nuestro Creador, sino también como medio de poder contribuir positivamente con la sociedad.
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Nélida Hernández
Consejo de Acción Social Arquidiocesano



