Reconstruir la autoestima para sanar a Puerto Rico

Puerto Rico sufre múltiples formas de violencia, en la calle y en el hogar, en la pareja y en la escuela, en la pantalla y en la conciencia. Se habla de feminicidios, agresiones, abuso sexual, explotación, intimidación, trata de menores, y también de una violencia más silenciosa; la humillación cotidiana, el desprecio, el control, la indiferencia. Ante ese panorama, es comprensible pedir más vigilancia y sanciones. Pero una sociedad menos violenta no se construye solo con castigos; se construye formando a las personas. Y esa formación comienza donde el ser humano aprende quién es y cuánto vale, en la infancia.

Abordaremos la prevención de la violencia desde 4 enfoques: la autoestima, la empatía, la paciencia y el amor.

1) La autoestima no es ego: es dignidad interior

La autoestima no es solo «sentirse bien» con uno mismo, no es narcisismo ni soberbia; es una convicción serena que mi vida tiene valor y un propósito, y por eso también lo tiene la vida del otro. Esa certeza actúa como un freno moral frente a la violencia.

Cuando la autoestima se rompe, aparecen dos extremos igualmente peligrosos:

  • El extremo sumiso: «no valgo», «me lo merezco», «mejor me callo». Este perfil facilita la tolerancia del abuso, la dependencia afectiva y la incapacidad de pedir ayuda.
  • El extremo agresivo: «si no controlo, pierdo», «si me contradicen, me humillan». Aquí el individuo usa el grito, el miedo o la fuerza para sostener una identidad frágil.

En ambos casos, la violencia suele ser el resultado visible de una dignidad interior mal construida; por ello es necesario ir sanar desde la raíz.

2) La violencia contra los niños

No habrá una sociedad menos violenta si se tolera la violencia sobre los niños. Y no se trata solo de abuso sexual o trata —que ya sería suficiente para estremecernos—, sino también de la violencia «legalizada» en la cultura: humillaciones, insultos, amenazas, gritos constantes, exposición a contenidos violentos sexuales a destiempo, negligencia emocional, golpes «educativos» y delegación de la paternidad y maternidad responsable a las pantallas.

Un niño aprende rápidamente dos cosas:

  1. cuánto vale, según cómo lo tratan;
  2. cómo se «resuelven» los conflictos, según lo que ve.

Si aprende que el amor humilla, que el cuerpo no se respeta, que hablar trae castigo, que pedir ayuda es vergüenza, ese niño queda más vulnerable a la manipulación y al abuso. Aprende además el lenguaje de la violencia, ya sea como víctima silenciosa o como agresor o agresora futura. Por eso, hablar de autoestima en Puerto Rico no es un tema de «autoayuda»; es un tema de prevención social y de protección de menores.

3) ¿Cómo se construye una autoestima que previene violencia?

a) Lenguaje que corrige sin destruir:

  • Evitar etiquetas: «eres un inútil», «siempre arruinas todo».
  • Sustituirlas por correcciones centradas en la conducta: «esto estuvo mal», «vamos a repararlo», «de esto podemos aprender» «confío en que puedes hacerlo mejor». Corregir sin humillar enseña responsabilidad sin vergüenza.

b) Vínculos que dan seguridad y límites claros: Los niños no necesitan permisividad; necesitan límites consistentes con afecto.

·      La autoestima crece cuando el menor siente: «me cuidan», «me ven», «mi voz importa», «mi cuerpo se respeta». Aquí entra la prevención; ningún adulto debería pedir secretos que asustan, manipular con regalos, aislar, sexualizar conversaciones ni cruzar límites físicos o emocionales.

c) Aprender a nombrar lo que se siente: En casa, en la escuela y la parroquia hace falta entrenar preguntas simples: «¿qué sentiste?», «¿qué pensaste?», «¿qué necesitabas?» Esto educa el autoconocimiento y reduce la impulsividad, dos factores decisivos en la prevención de la violencia.

4) La fe: la raíz más profunda de la autoestima

La cultura actual mide el valor por el éxito, el cuerpo en las redes, la popularidad o el rendimiento. Esa lógica fabrica inseguridad y, con ella, agresividad o sumisión. El Evangelio nos propone que la dignidad no se gana, se recibe. Se vale porque somos hijos de Dios. Esta certeza no sustituye la ayuda psicológica ni la educación social; las ilumina y las sostiene. Si nuestros adolescentes saben que su valor no depende del «like», del dinero o del poder, disminuye la necesidad de imponerse o someterse. Y si reconoce que el otro también es digno, la violencia pierde legitimidad interior.

Si se desea un Puerto Rico menos violento, hay que empezar por una tarea exigente y cotidiana: reconstruir la autoestima sana en niños, jóvenes y adultos. Eso implica erradicar la violencia en el lenguaje, en los métodos educativos, en los vínculos y en los silencios cómplices. Implica proteger a los menores con claridad, porque un país que no protege a sus niños está hipotecando su futuro.

En el próximo artículo abordaremos la empatía como antídoto contra la deshumanización del otro.

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