Cuando el poeta canta al amor (tristemente muchas veces el amor erotizado) utiliza un vocabulario que incluso nos daría risa por ingenuo e inmaduro. Podría afirmar que parece un modo de engatusar a la persona amada para que corresponda. Pero a veces, dentro de lo ingenuo, e inclusive lo ridículo, pueden salir expresiones que indican una verdad. Así lo considero, si vemos el matrimonio como haber encontrado una persona tan significativa para mi crecimiento como ser humano, que sería un estúpido si la dejo escapar. Entonces los adjetivos exagerados pueden tener algo de verdad. Ponce de León buscó la fuente de la juventud. Encontrar la persona verdadera para compartir vida sería como el grito de Adán al tocar junto a si a Eva: “Esta sí que es…”

Lo pensaba escuchando la hermosa melodía de José Feliciano en “Eres para mí”. Multiplica el cantor las imagines de vida, de belleza que encuentra el en la amada. “El agua que da vida, el camino hacia el amor y la verdad, luz que ilumina, sol de la mañana, aire que respiro”. Si el libro del Eclesiástico hablaba “El amigo fiel es refugio seguro; quien lo encuentra, encuentra un tesoro”, lo mismo, en un sentido más profundo, sería para un ser humano encontrar la pareja con la que construye el ideal original del Creador. Dice un mito griego que al principio el ser humano era un animal hermafrodita, pero por un pecado los dioses partieron el animal en dos pedazos. Encontrar el pedazo correspondiente es restaurar el sueño original del Creador.

Por eso no extraña que el cantor use esas palabas de vida para definir lo que significa una relación genuina. Claro, esto no se encuentra, o se reconoce totalmente, al comienzo. Es en la vida juntos como la pareja, con las limitaciones propias del humano, como se llega a la persuasión de haber conseguido su culminación. Esta relación por la que puedo decir “contigo no siento el dolor”, Contigo “mi vida cambió”. Y sobre todo, encontré la “razón para vivir”. Relación que no es experiencia del comienzo, sino que se consigue al sufrir los distintos avatares de la vida. Por eso canta “Contigo aprendí que no podía ni un minuto estar sin ti”. Se aprende, al trabajarla.

Afirman los Sapienciales que con la sabiduría me vinieron todos los bienes. Lo mismo podría proclamar quien, después de un trabajo tal vez de años, puede decir “he encontrado un gran tesoro, he sido sabio o sabia”. Por algo la Sagrada Escritura utiliza la imagen de la pareja como la perfecta imagen de la alianza que Dios quiere confirmar con nosotros: el es el esposo, nosotros la esposa que a veces, como los hebreos, le salimos adúlteras. Por eso, el matrimonio acertado es el regalo humano mayor que Dios nos puede conceder. Y al revés, un matrimonio mal decidido puede terminar en la peor tortura china. Cuando la relación florece, podrás expresar con el canto “Tu llegaste a mi camino para alegrar mi pobre vida, y con tu cariño curaste mis heridas.”

Así como el poeta encuentra las mejores imágenes para cantar la felicidad de la relación lograda, el desacertado diría lo contrario. Así son los múltiples chistes que presentan el matrimonio como dolor y desacierto. O las frases que lo vituperan como: “El matrimonio es una carga, Es la tumba del amor, Casado, te echaste la soga al cuello. Ya me casé, ya me chavé.” Estoy seguro de que los padres de Sta. Teresita, criando una familia grande con limitaciones económicas y de salud, nunca dijeron eso. Aceptaron una misión divina, difícil, pero con la presencia divina. Por eso la Iglesia los declara santos: modelo de cristianos cabales que vivieron el amor conyugal de forma extraordinaria.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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