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La lectura de los Hechos de los Apóstoles es el relato del Pentecostés, de la llegada del Espíritu Santo.

Nos indica San Pablo en primera de Corintios que es el Espíritu Santo el que, por un lado, crea la diversidad dentro de la Iglesia a través de carismas y ministerios, pero, al mismo tiempo, es el que nos hace uno en el Señor.

Nos relata San Juan en su Evangelio que, el primer regalo que Jesucristo otorga a su Iglesia es el Espíritu Santo que Jesucristo envía desde lo profundo de su ser.

Un dato interesante de la celebración de hoy es que es la única que no se reseña en el Evangelio sino en la primera lectura.  Es que se trata del Espíritu Santo y, mientras que los evangelios tratan de Jesucristo y su Buena Nueva, el evangelio del Espíritu Santo por antonomasia es el libro de los Hechos de los Apóstoles.  Si en la Cuaresma estábamos proyectándonos hacia la muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, en la Pascua nos proyectamos hacia la Venida del Espíritu Santo.  Esta es una de las razones por la cual, durante el Tiempo Pascual, la primera lectura es siempre sacada del libro de los Hechos, porque no solamente vemos el anuncio de la Resurrección del Señor, sino que es el Espíritu Santo quien capacita a la incipiente Iglesia a proclamarlo, con una predicación fuerte, contundente y convincente.  Es por eso que, hoy por hoy, todos los que estamos llamados a predicar el Evangelio y formar comunidades de fe, tenemos que hacerlo con el poder del Espíritu Santo, puesto que sin Él, nada podemos hacer.

Decimos formar comunidades de fe, porque en la 2da lectura de hoy, de la I Carta a los Corintios, San Pablo nos indica que el Espíritu Santo desparrama y une.  Desparrama porque Él origina ministerios, espiritualidades, carismas, congregaciones, y un largo etcétera.  Pero al mismo tiempo, todos estos frutos del Espíritu Santo son para el funcionamiento del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia.  El Espíritu Santo hace que todos estos carismas trabajen en función de la Iglesia, no como entidades separadas.  Uno de los criterios que como Iglesia debemos de tener cada vez que surge una nueva espiritualidad, o un nuevo ministerio, es si el mismo sirve para la unidad de la Iglesia, para el anuncio del Evangelio, o si es un ente errante, que se busca a sí mismo y no está en unión con la Iglesia.  En pocas palabras, el Espíritu crea y une.

Hay una teología trinitaria escondida en el Santo Evangelio de Hoy.  El Espíritu Santo surge de la profundidad e intimidad de Jesucristo hacia nosotros.  Este punto lo vemos en unas cuantas instancias el Evangelio Joánico.  Cuando Jesucristo dialoga con la Samaritana, le dice que del interior de su Corazón surte el Agua Viva.  Esta agua es el Espíritu Santo.  En una de las fiestas judías Jesucristo grita que de su interior saldrá un Agua Viva, refiriéndose al Espíritu Santo, pero el Evangelista especifica que no lo podía hacer hasta que no resucitará de entre los muertos.  Ahora, resucitado, Jesucristo sopla y de su interior brota el Espíritu Santo, que consagra a esta primitiva Iglesia.  

P. Rafael “Felo” Méndez Hernández 

Para El Visitante

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