A sus 90 años de vida y de bautismo, 65 de sacerdocio y 24 de episcopado, Mons. Lázaro no se presenta como alguien que ha alcanzado metas extraordinarias, sino como un hombre que, sencillamente, ha tratado de decir “sí” a Dios. Su historia está marcadapor una convicción sencilla y profunda que ha guiado toda su vida: servir.
“Mi lema ha sido siempre servir… seguir el Evangelio: no he venido a ser servido, sino a servir”, expresa con serenidad, como quien resume en pocas palabras toda una existencia.
Una vocación que se fue gestando en lo cotidiano
La historia vocacional de Mons. Lázaro no comienza con un acontecimiento espectacular, sino con la experiencia sencilla de un niño que, desde muy temprano, estuvo en contacto con los padres escolapios. Fue allí, en ese ambiente educativo y espiritual, donde comenzó a descubrir el llamado de Dios.
Recuerda especialmente a uno de sus maestros, el padre Germán Gutiérrez, cuya forma de enseñar y de acompañar a los jóvenes dejó una huella profunda en su corazón. “Yo decía: quiero ser como él”, rememora. Ese deseo inicial fue creciendo con el tiempo, madurando en el postulantado, el noviciado y las etapas formativas, hasta convertirse en una vocación sólida.
Lejos de entender la vocación como algo acabado desde el principio, Mons. Lázaro la describe como un camino que se va haciendo poco a poco, en la medida en que uno se deja moldear por Dios. Esa apertura constante a la voluntad divina será, con el paso de los años, una de las características más claras de su vida.
La providencia de Dios en los momentos inesperados

Al mirar hacia atrás, Mons. Lázaro identifica con claridad la acción de Dios en momentos clave de su vida, especialmente en aquellos que llegaron de manera inesperada. Dos experiencias marcaron profundamente su camino: su llegada a Puerto Rico y su nombramiento como obispo.
Su traslado a la Isla no estaba en sus planes. Había pedido ir a Nueva York por un tiempo, pero una carta de sus superiores cambió el rumbo: debía continuar hacia Puerto Rico y no regresar a España. A esto se sumó una tormenta que retrasó su vuelo y una llegada en la que nadie lo esperaba. Aquella experiencia, que describe como un “susto”, fue en realidad el inicio de una misión que marcaría su vida para siempre.
Años más tarde, otro momento decisivo lo sorprendió: su nombramiento como obispo coadjutor. “No sospechaba ni pensaba para nada”, confiesa. Ante la noticia, se sintió descolocado, como en un “desierto”, pero decidió poner todo en manos de Dios. Ese abandono confiado se convirtió en una respuesta generosa que lo llevó a asumir una nueva etapa de servicio en la Iglesia.
Un ministerio marcado por la cercanía y el diálogo
Durante su episcopado, Mons. Lázaro se distinguió por un estilo pastoral cercano, basado en el diálogo, la escucha y la disponibilidad. Para él, ser obispo no significó ejercer autoridad desde la distancia, sino caminar junto a su pueblo.
Uno de los aprendizajes más importantes que destaca de esta etapa es la obediencia: la capacidad de dejarse guiar por Dios incluso cuando eso implica renunciar a criterios propios. A esto se suma su actitud constante de escuchar tanto a sacerdotes como a fieles, buscando comprender sus realidades y acompañarlos en sus procesos.
Su manera de ejercer el ministerio episcopal estuvo profundamente marcada por una espiritualidad de la misericordia. Convencido de que “Dios es amor y es misericordia”, hizo de este mensaje uno de los pilares de su predicación. Para él, las heridas del mundo no se sanan con odio o venganza, sino con amor y compasión.
La misericordia como respuesta al mundo
En un contexto marcado por conflictos, divisiones y sufrimientos, Mons. Lázaro insiste en que la misericordia no es una opción secundaria, sino una urgencia. “El pecado, la muerte, las heridas se curan con amor… no con venganza”, afirma con claridad.
Su reflexión no se queda en lo teórico. Observa la realidad del mundo —las guerras, las tensiones sociales, la falta de entendimiento— y reconoce en ellas la ausencia de misericordia. Por eso, insiste en que la humanidad no encontrará la paz hasta que vuelva a confiar en la misericordia de Dios, retomando una enseñanza profundamente arraigada en la tradición de la Iglesia.
Un pastor que sigue disponible

Lejos de retirarse completamente, Mons. Lázaro continúa viviendo su vocación con la misma disponibilidad que ha caracterizado toda su vida. Como obispo emérito, permanece al servicio de los sacerdotes, dispuesto a ayudar cuando se le necesita.
“Hasta ahora puedo decir que no he dicho que no a quien me lo ha pedido”, afirma con humildad. Esta actitud refleja una entrega que no depende de cargos o responsabilidades formales, sino de una disposición interior constante.
Entre las grandes alegrías de su ministerio, destaca la ordenación de sacerdotes. Haber ordenado alrededor de 30 —entre diocesanos y religiosos— es, para él, uno de los frutos más significativos de su episcopado. Sin embargo, reconoce también el desafío actual de las vocaciones y la necesidad de que toda la comunidad cristiana fomente un ambiente propicio para que surjan nuevos llamados.
Un legado de sencillez y entrega
Cuando se le pregunta cómo le gustaría ser recordado, Mons. Lázaro no habla de logros ni de obras, sino de actitudes: “como un hombre sencillo, al servicio de los demás… dispuesto a ayudar”.
Esa respuesta resume de manera elocuente su vida. Se trata de una trayectoria marcada por una fidelidad silenciosa y constante. Una vida tejida en lo cotidiano, en la escucha, en la cercanía, en el “sí” repetido una y otra vez a Dios.
Hoy, su testimonio se presenta como una invitación para el pueblo de Dios: volver la mirada hacia lo esencial, redescubrir la centralidad de la misericordia y vivir la fe desde el servicio. En un mundo que muchas veces busca reconocimiento y poder, Mons. Lázaro recuerda con su vida que la verdadera grandeza está en servir.
Y quizás esa sea la mejor síntesis de su camino: un pastor que, en cada etapa de su vida, ha procurado ser fiel a la voz de Dios, confiando en que es Él quien guía la historia y quien, en medio de todo, sigue ofreciendo al mundo la paz que tanto necesita.



