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Así decía el estribillo cantado. Hay muchos episodios de misericordia en las Sagradas Escrituras. Claro, el rostro de Dios, el modo de ser y actuar de Jesús es precisamente la MISERICORDIA. De eso fue que Jesús predicó. Esto contrasta con la actitud o estilo de algunos hermanos en la Iglesia que bordea en la fiscalización, intransigencia y falta de misericordia. Hay una frase que al leerla me suele impactar una y otra vez. Pertenece a la parábola del padre misericordioso, popularmente conocida por el hijo pródigo. Aquel padre, representando a Dios, conmovido corrió y besó a su hijo perdido y hallado…. También recibe el reproche del hijo fiel por querer “primerear” al hijo perdido y hallado. Su respuesta es un eco y cátedra de misericordia que resuena: Omnia mea tua sunt (Todo lo mío es tuyo). Así Dios me invita a ser y actuar como el padre conmovido, en clave de salida, que perdona al prójimo cercano y es misericordioso. Aunque muchas veces me comporte como un hijo prodigio reprochón o como uno pródigo gastón…

Entre muchos obispos, sacerdotes, religiosas y laicos hay dos catequistas por excelencia en el tema de la misericordia en estos tiempos. Estos han sido el Papa Francisco y Mons. Félix Lázaro, conocido cariñosamente como el Obispo de la Misericordia. Ambos insisten en que la misericordia es un verbo que se conjuga al actuar, que no se trata de letras bonitas. El Sumo Pontífice habla de “misericordiar” al otro y que la misericordia es viga central -en el campo dirían el soco del medio- que sostiene la Iglesia. El Obispo misericordioso ha estado machaconamente insistiendo por más de 20 años -y así lo seguirá recordando sin cansarse- que la misericordia de Dios es infinita y no se cansa, que la probemos, que es la respuesta de Dios a la humanidad, que es su mayor atributo y que la misericordia es amor puesto en acción.

Por esto hay que reflexionar que la devoción no puede estar divorciada de las 14 obras misericordiosas que señalan a la parusía. En eso se va la esencia. Es la diferencia entre el visitante cuaresmal cuando le echa en el bolsillo vacío un donativo al viejito pobre y le susurra esto es para ti Señor; y el grito del vendedor de perfumes que dice lo mismo a un caminante tranquilo. Al otro lado, el viejito calla humildemente para concentrarse en contener las lagrimas porque no tenía nada para comprarle de comer su señora encamada y por su parte el caminante acelera el paso y mira a otro lado como si no fuera con él.

Enrique I. López López

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